[4] Usa el autor palabras de su invención para remedar las voces de los animales. Consérvolas lo mismo, ó casi lo mismo, en la traducción, suprimiendo, á veces, alguna letra, inútil en castellano.—N. DEL T.
[5] No es éste el único cuento del Libro de las tierras vírgenes en que aparece la figura de Mowgli. Repetidas veces la pone el autor en escena, sin seguir un riguroso orden, saltando de unos á otros asuntos en cada cuento. Fácilmente hubieran podido agruparse todos los relativos á Mowgli formando serie, y tengo noticia de que hay una edición norteamericana de esta obra que así lo ha hecho. Aquí se publican en la misma forma en que se hallan en las obras completas del autor. (Macmillan and C.o, Londres, 1899).
La caza de Kaa
Sus manchas son orgullo del Leopardo,
sus cuernos son del búfalo el honor.
Sé limpio, que la fuerza del que caza
se juzga de la piel por el color.
Si te ocurre que un toro te voltea,
ó pruebas del sambhur una cornada,
no dejes el trabajo por contarlo,
que es cosa que tenemos ya olvidada.
Nunca maltrates al cachorro ajeno;
mírale como á un hijo de tu padre,
que, aunque pequeño y torpe, es muy posible,
que á una osa, tal vez, tenga por madre.
¡No hay nadie como yo! dice el cachorro,
cuando derriba la primera pieza;
pero grande es la Selva y él pequeño;
deja que piense en calma, que ahora empieza.
Máximas de Baloo.
Cuanto aquí se refiere ocurrió algún tiempo antes de que Mowgli fuera arrojado de la manada de lobos de Seeonee, y se vengara de Shere Khan, el tigre. Era en la época en que Baloo le enseñaba la Ley de la Selva. El serio, viejo y enorme oso pardo estaba contentísimo con un discípulo tan listo, porque los lobatos no quieren aprender de la Ley de la Selva más que lo que se refiere á su propia manada y tribu; escapándose en cuanto saben de memoria estas palabras de la «Canción de caza»: «Pies que no causan el menor ruido; ojos que ven en la oscuridad; orejas que pueden oir los diferentes vientos desde el cubil; blancos y afilados dientes: todo esto son señales características de nuestros hermanos, exceptuando á Tabaqui, el Chacal, y á la Hiena, que odiamos».
Pero Mowgli, que era un hombrecito, tuvo que aprender bastante más. Algunas veces Bagheera, la pantera negra, se acercaba, curioseando por la selva, para ver cómo le iba á su niño mimado, y, apoyando la cabeza contra un árbol, escuchaba, con sordo ronquido, la lección que Mowgli recitaba á Baloo. Sabía el muchacho trepar á los árboles casi tan bien como nadar, y nadar casi con igual habilidad que correr; por lo cual Baloo, el Maestro de la Ley, le enseñó las del Bosque y del Agua: cómo puede distinguirse una rama carcomida de otra sana; cómo tenía que hablar cortesmente á las abejas silvestres cuando encontrara una de sus colmenas á quince metros sobre el nivel del suelo; qué es lo que había de decir á Mang, el murciélago, cuando fuera á molestarle entre las ramas en mitad del día; cómo tenía que avisar á las serpientes de agua que viven en las lagunas, antes de lanzarse al agua entre ellas. Ni uno sólo de los habitantes de la Selva gusta de que le molesten, y todos están siempre muy dispuestos á arrojarse sobre los intrusos. Después de esto, aprendió Mowgli también la «Consigna del cazador forastero», que hay que ir repitiendo en alta voz hasta que sea contestada, siempre que alguno de los habitantes de la Selva caza fuera de su propio terreno. Traducida la consigna, significa: «Dame permiso para cazar aquí, porque tengo hambre». Y la respuesta dice: «Caza, pues, para buscar comida, pero no para tu recreo».
Todo esto os demostrará las muchas cosas que tuvo que aprender Mowgli de memoria, llegando á cansarse ya de tanto repetir lo mismo más de cien veces; pero es lo que le dijo Baloo á Bagheera un día en que hubo que pegarle y el muchacho se marchó malhumorado:
—Un cachorro humano es un cachorro humano, y tengo el deber de enseñarle toda la Ley de la Selva.