—Algo de ellos sabes, pero no mucho. ¿Ves, Bagheera? Nunca se muestran agradecidos con quien les enseña. Jamás un sólo lobato ha venido á dar las gracias á Baloo por sus enseñanzas. Vamos, dí, pues, las palabras para el Pueblo Cazador... ¡gran sabio!
—«Tú y yo somos de la misma sangre», dijo Mowgli dando á las palabras el acento especial de oso que usan todos los que cazan allí.
—Bueno. Ahora las que sirven para los pájaros.
Repitiólas Mowgli, terminando la frase con el silbido característico del milano.
—Ahora las que son para el Pueblo de las Serpientes, dijo Bagheera.
La contestación fué un silbido indescriptible, tras el cual hizo Mowgli una salvaje pirueta, batió palmas para celebrar su propia habilidad y de un salto se colocó sobre el lomo de Bagheera, sentándose de medio lado y dándole con los talones sobre la reluciente piel, mientras le hacía á Baloo las más horrorosas muecas.
—¡Ea! ¡Ea! ¡Bien merecido tenías el cardenal! dijo, con ternura, el oso pardo. Algún día me lo agradecerás. Volvióse, entonces, para decirle á Bagheera cómo había pedido á Hathi, el Elefante Salvaje, que sabe todas esas cosas, que le dijera las Palabras Mágicas, y, cómo Hathi llevó á Mowgli á una laguna para obtener de una serpiente de agua la Palabra que sirve para todas las Serpientes, porque Baloo no podía pronunciarla; finalmente, cómo Mowgli podía considerarse ya á salvo de todas las eventualidades que pudieran presentársele en la Selva, porque ni serpientes, ni pájaros, ni fieras le causarían daño alguno.
—No hay que temer á nadie, dedujo de lo expuesto Baloo, dándose suaves golpecitos con aire de orgullo sobre el enorme y peludo vientre.
—Excepto á los de su propia tribu, dijo Bagheera para sí. Y añadió luego, en voz alta, dirigiéndose á Mowgli:
—¡Ten un poco de cuidado con mis costillas, Hermanito! ¿Qué significa tanto bailoteo?