—Lombriz... lombriz de tierra... y amarilla por añadidura.

—Lo mismo da. Sigamos. Y Kaa parecía derramarse toda ella por encima de la tierra, buscando con ojo seguro el camino más corto, y siguiéndolo estrictamente.

Allá en las Moradas Frías, en lo que menos podían pensar los monos era en los amigos de Mowgli. Lleváronse al muchacho á la ciudad perdida, y con eso se quedaron muy satisfechos de momento. No había visto Mowgli, hasta entonces, ninguna ciudad india, y aunque aquélla no fuera ya más que un montón de ruinas, túvola por espléndida y maravillosa. Edificóla un rey, tiempo atrás, en la cumbre de una colina, y aún podían adivinarse las calzadas de piedra que conducían á las destrozadas puertas, cuyas últimas astillas colgaban de los goznes, comidos por el moho. Crecían árboles á uno y otro lado de las paredes; caídas y hechas pedazos estaban las almenas, y silvestres enredaderas pendían de las ventanas, á lo largo de los muros, en grandes y apretadas masas.

Coronaba la colina un gran palacio sin techo; el mármol de los patios y fuentes estaba rajado y cubierto de manchas rojas y verdes; y hasta en los mismos sitios empedrados de los patios donde solían vivir los elefantes del rey, las piedras habían sido separadas unas de otras por la hierba y por los árboles nuevos que entre ellas crecían. Desde el palacio podían verse innumerables hileras de casas sin techo, que habían constituído la ciudad y eran ahora como destapadas colmenas que sólo llenaban negras sombras; la informe piedra que había sido un ídolo, en la plaza donde cuatro avenidas desembocaban; los hoyos y hoyuelos en las esquinas de las calles, donde existieron en otro tiempo los pozos públicos; y las rotas cúpulas de los templos con higueras silvestres que crecían á los lados. Llamaban los monos á este sitio su ciudad, y despreciaban al Pueblo de la Selva porque vivía en el bosque. Y, sin embargo, jamás supieron para qué se habían levantado aquellos edificios ni cómo habían de usarlos. Sentábanse formando círculos en la antecámara de la real sala del Consejo, y se rascaban buscando pulgas y echándoselas de hombres; ó bien entraban y salían, corriendo, de aquellas casas sin techo, y recogían pedazos de yeso y ladrillos viejos, llevándolos á un rincón, para olvidarse después del sitio donde los habían escondido y comenzar á pelearse y á gritar en vacilantes grupos, poniéndose luego, de pronto, á jugar, subiendo y bajando de las terrazas del jardín real, y sacudiendo los rosales y los naranjos por diversión, para ver caer las flores y los frutos. Habían explorado todos los pasadizos y caminos subterráneos que existían en el palacio, los centenares de obscuras salitas; pero jamás se acordaron de lo que habían visto ó dejado de ver, y así se paseaban de uno en uno, de dos en dos ó por grupos, diciéndose unos á otros que hacían lo mismo que los hombres hacen. Bebían en las cisternas, ensuciaban el agua, armaban peleas por ello, y luego, en montón, lanzábanse juntos gritando: «No hay nadie en la selva tan sabio, tan bueno, tan listo, tan fuerte y comedido como los Bandar-log». Entonces volvían á las andadas, hasta que, al fin, se cansaban de estar en la ciudad, y regresaban á las copas de los árboles, con la esperanza de que el Pueblo de la Selva se fijaría en ellos.

Á Mowgli, que había sido educado conforme á la Ley de la Selva, no le gustó este género de vida, ni llegó á entenderla. La tarde tocaba ya á su fin cuando los monos se lo llevaron á las Moradas Frías, y en vez de irse á dormir, como Mowgli hubiera hecho después del largo viaje, cogiéronse de las manos y comenzaron á bailar y á cantar las más descabelladas canciones. Uno de los monos les echó un discurso, en el cual les dijo que la captura de Mowgli marcaba una nueva etapa en la historia de los Bandar-log, porque iba á enseñarles el modo de formar, juntando palos y cañas, un refugio contra la lluvia y el frío. Mowgli cogió algunas enredaderas y comenzó á entretejerlas, al paso que los monos trataban de imitarle; pero, al cabo de pocos minutos, había dejado ya de interesarles aquello, y se estiraban unos á otros la cola, ó saltaban puestos de cuatro patas y tosiendo.

—Quisiera comer, dijo Mowgli. En esta parte de la selva soy forastero. Dadme, pues, comida ó permiso para cazar aquí.

Veinte ó treinta monos saltaron en seguida fuera del recinto, para traerle nueces y papayas silvestres; pero se enredaron en una pelea por el camino, y les pareció luego demasiada molestia el volver con los restos de aquellos frutos. Mowgli sentía el cuerpo adolorido, estaba tan malhumorado como hambriento, y anduvo errante por la ciudad abandonada, lanzando de cuando en cuando el grito de caza de los forasteros; pero, como nadie le contestara, se convenció de que verdaderamente había ido á parar á malísimo sitio.

—Cuanto dijo Baloo respecto á los Bandar-log no es más que la verdad, pensó. No tienen Ley, ni grito de caza, ni jefes... nada más que loca palabrería y unas manos muy pequeñas y muy ladronas. Por lo tanto, si me matan de hambre, ó de cualquier otro modo, á nadie podré culpar más que á mí mismo. Pero yo he de hacer lo posible para volver á mi propia selva. Baloo me pegará, de fijo, mas prefiero eso que ir á caza de pétalos de rosa en compañía de los Bandar-log.

No bien hubo llegado á las murallas de la ciudad, hiciéronle retroceder los monos, diciéndole que no sabía él la felicidad que le había caído con estar allí, y pellizcándole para enseñarle á ser agradecido. Apretó él los dientes y nada dijo; pero fué, entre el alboroto producido por los monos, á una terraza colocada sobre los depósitos de piedra roja destinados al agua, y que se hallaban entonces á medio llenar. Había allí, en mitad de la terraza, una glorieta de mármol blanco construída para uso de reinas que murieron cien años ha. El techo, en forma de cúpula, estaba medio hundido, y, al caer, había cerrado el pasadizo subterráneo que comunicaba con el palacio, abierto, en otro tiempo, para que por él pudieran pasar las reinas; pero las paredes estaban hechas de una especie de biombos de mármol recortado, hermosísima labor cincelada, blanca como la leche, y con incrustaciones de ágata, cornalina, jaspe y lapislázuli; y cuando la luna se asomó por detrás de la colina, brilló á través de los calados, proyectando sobre el suelo sombras parecidas á un bordado de terciopelo negro. Por más derrengado, soñoliento y muerto de hambre que estuviera Mowgli no pudo menos de reirse cuando veinte, á la vez, de los Bandar-log comenzaron á decirle lo grandes, sabios, fuertes y discretos que eran, y la locura que él había cometido al intentar separarse de ellos.

—Somos grandes; somos libres; somos admirables. Somos el más admirable pueblo que hay en toda la Selva. Todos lo decimos, y, por lo tanto, no puede menos de ser verdad, gritaban. Ahora bien: como es la primera vez que puedes escucharnos y has de tener ocasión de repetir nuestras palabras al Pueblo de la Selva para que en lo futuro se fije en nosotros, vamos á decirte cuanto se refiere á nuestras importantísimas personalidades.