Nada objetó Mowgli á esto, y los monos se reunieron por centenares en la terraza para escuchar á sus propios oradores, que cantaban alabanzas á los Bandar-log, y cuantas veces ocurría que uno de los oradores callara, por un instante, para tomar aliento, gritaban todos á la vez:
—¡Cierto es! ¡Lo mismo opinamos nosotros! Mowgli movía la cabeza en señal de asentimiento y parpadeaba, añadiendo un sí cuando le preguntaban algo y sentía que la cabeza se le iba, aturdido por el alboroto.
—Tabaqui, el chacal, debe de haber mordido á todos éstos, y ahora se han vuelto locos. Verdaderamente eso es dewanee, la locura. ¿Pero esta gente no duerme? Por allá asoma una nube que cubrirá á la luna. Si la nube fuera bastante grande, quizá podría escaparme valiéndome de la obscuridad. Pero me siento fatigado.
También dos amigos de Mowgli contemplaban aquella misma nube desde los medio cegados fosos que circundaban las murallas de la ciudad, porque, sabiendo lo peligroso que era el habérselas con el Pueblo de los Monos cuando éstos se juntaban en crecido número, Bagheera y Kaa no querían arriesgarse demasiado. Jamás los monos aceptan la lucha como no sea en la proporción de ciento contra uno, y pocos son en la Selva los que se avienen con tan desiguales condiciones.
—Iré hacia el lado oeste de la muralla, dijo Kaa en voz tan baja que parecía leve susurro, y desde allí me lanzaré rápidamente aprovechando el declive del terreno. Á mí no podrán echárseme encima á centenares; pero...
—Ya sé lo que hay qué hacer. ¡Si Baloo estuviera aquí!... Mas habrá que limitarse á lo que se pueda. Cuando esa nube pase por delante de la luna, cubriéndola, yo iré á la terraza. Allí celebran una especie de Consejo para hablar del muchacho.
—¡Buena caza! dijo Kaa con aire feroz, y se deslizó suavemente hacia el lado occidental del muro. Casualmente era éste el que se hallaba en mejor estado, y la enorme serpiente tardó algo en hallar camino practicable por entre las piedras.
La luna quedó cubierta por la nube, y cuando Mowgli se preguntaba qué iba á pasar allí entonces, oyó los pasos ligerísimos de Bagheera que estaba ya en la terraza. La pantera negra había subido el declive casi sin ruido alguno, y empezó á repartir golpes (porque comprendió que morder era perder el tiempo) á diestro y siniestro entre la multitud de monos, que se hallaban sentados alrededor de Mowgli en círculos de cincuenta ó sesenta de fondo. Sonó un aullido general de miedo y de rabia, y entonces, como Bagheera tropezara con los cuerpos que rodaban por el suelo pateando debajo del suyo, uno de los monos gritó:
—¡No es más que uno sólo! ¡Matadle! ¡Matadle!
Desordenada masa de monos, mordiendo, arañando, rasgando y arrancando cuanto podía, precipitóse sobre Bagheera, mientras cinco ó seis se apoderaban de Mowgli, lo arrastraban hacia lo alto de la glorieta, y lo metían por el agujero de la rota cúpula, dejándole caer. Cualquier muchacho educado entre los hombres hubiérase lastimado grandemente, porque la caída era desde cuatro metros de altura, por lo menos; pero Mowgli cayó como Baloo le había enseñado á hacer: de pie.