—Quédate aquí, le gritaron los monos, hasta que hayamos matado á tus amigos, y más tarde vendremos á jugar contigo... si el Pueblo Venenoso te ha dejado con vida.

—¡Vosotros y yo somos de la misma sangre! dijo Mowgli, apresurándose á pronunciar las Palabras Mágicas que sirven para las serpientes. Podía oir distintamente roces y silbidos entre los escombros que le rodeaban, y así, para mejor asegurarse, volvió á gritar lo mismo.

—¡Verdad esss! ¡Abajo las capuchas, vosotras! dijeron media docena de voces muy bajas (cada sitio en ruinas se convierte en la India, tarde ó temprano, en morada de serpientes, y la antigua glorieta estaba hecha un hormiguero de cobras). Estate quieto, Hermanito, porque tus pies podrían lastimarnos.

Mowgli procuró no moverse lo más mínimo, mirando á través de los calados de mármol y escuchando el ruido de la furiosa lucha contra la pantera negra: los aullidos, el rechinar de dientes y el golpear de la refriega, el hondo, ronco resoplido de Bagheera mientras retrocedía, avanzaba, revolvíase ó se hundía bajo las enormes masas de sus enemigos. Por la primera vez en su vida, Bagheera no luchaba ya más que para salvar su pellejo.

—Baloo debe de andar por ahí cerca, porque Bagheera no se hubiera atrevido á venir sola, pensó Mowgli; y entonces gritó:

—¡Á las cisternas, Bagheera, á las cisternas! ¡Vé y zambúllete dentro! ¡Al agua!

Oyó Bagheera la voz, y, comprendiendo que Mowgli estaba á salvo, sintió renacer sus fuerzas. Desesperadamente, palmo á palmo, abrióse camino en dirección de las cisternas, repartiendo golpes en silencio. Entonces, desde el muro en ruinas más próximo á la selva, elevóse el rugiente grito de guerra de Baloo. El buen oso había hecho todo lo posible; pero, aún así, no pudo llegar antes.

—¡Bagheera, aquí estoy! gritó. ¡Ya subo! ¡Corro á ayudarte! ¡Ahuwora! ¡Resbalan las piedras bajo mis plantas; pero espérame! ¡Oh, infames Bandar-log!

Llegó, casi sin aliento, á la terraza, y su cuerpo desapareció, en seguida, hasta la altura de la cabeza, en una verdadera oleada de monos; pero plantóse resueltamente en dos pies, y, abriendo los brazos, cogió entre ellos el mayor número posible de enemigos, y comenzó á golpearlos con un continuo ¡paf! ¡paf! ¡paf!, parecido al chapoteo de una rueda de palas. El ruido de algo que cae en el agua advirtió á Mowgli de que Bagheera se había abierto paso hasta llegar á la cisterna, en la cual no podían ya perseguirla los monos.

Estaba echada la pantera, con agua hasta el cuello, respirando ansiosamente por la abierta boca, mientras los monos la vigilaban, desde los rojos escalones, en filas de á tres de fondo, subiendo y bajando rabiosamente, prontos á saltar sobre ella, desde todos los lados á la vez, en cuanto intentara salir para ir en ayuda de Baloo. Entonces fué cuando levantó Bagheera la cabeza, chorreándole el agua desde la barba, y, perdida ya toda esperanza, lanzó, en busca de protección, el grito que sirve para las serpientes: «Tú y yo somos de la misma sangre», porque creyó que, en el último momento, Kaa se había vuelto atrás. Hasta Baloo, medio ahogado bajo la masa de monos que le detenía en el borde de la terraza, no pudo menos de reirse cuando oyó á la pantera negra pidiendo auxilio.