Estaba Kaa, en aquellos precisos instantes, acabando de abrirse paso por entre el muro situado hacia el oeste, y, con el último esfuerzo que hizo para trasponerlo, produjo el desprendimiento de una de las piedras de la albardilla, que fué á parar al foso. No quería desperdiciar ni una sola de las ventajas que le proporcionaba el terreno, y así se enroscó y desenroscó una ó dos veces, para cerciorarse de que todo su larguísimo cuerpo estaba en disposición de trabajar con lucimiento.

Hizo esto mientras se verificaba la lucha en que Baloo representaba el principal papel; mientras aullaban los monos en la cisterna alrededor de Bagheera, y Mang, el murciélago, volando de un lado á otro, esparcía noticias de la gran batalla por toda la Selva, de tal suerte que hasta Hathi, el elefante salvaje, comenzó á dar bramidos, y, á lo lejos, dispersos grupos de monos que despertaron fueron, brincando por los árboles, á ayudar á sus compañeros de las Moradas Frías, al propio tiempo que todas las aves diurnas de algunas leguas á la redonda poníanse alerta. Entonces Kaa atacó en línea recta, rápidamente, sintiendo el vivo deseo de matar. Todo el poder que en la lucha tiene una serpiente pitón estriba en el empuje con que su cabeza embiste, apoyada por el fuerte y pesado cuerpo. Si os imagináis una lanza, un ariete ó un martillo que pese media tonelada y pueda ser movido por una inteligencia fría, calmosa, que viva en el asta ó mango, tendréis aproximada idea de lo que era Kaa en el terreno de la lucha. Una serpiente pitón que mida nada más que un metro ó metro y medio de longitud puede muy bien derribar á un hombre, si se lanza contra él de frente, dándole en mitad del pecho, y ya recordaréis que Kaa tenía nueve metros de largo. Su primera embestida fué contra el centro de la imponente masa que rodeaba á Baloo: fué una embestida á boca cerrada, silenciosa, y no necesitó ir acompañada de la segunda. Los monos huyeron á la desbandada, gritando: ¡Kaa! ¡Es Kaa! ¡Corred! ¡Corred!

Generaciones enteras de monos habían aprendido á portarse debidamente gracias á los cuentos que de Kaa les contaban sus mayores, de aquella ladrona nocturna que podía deslizarse á lo largo de las ramas con el mismo silencio con que el musgo crece, y llevarse consigo el mono más fuerte de cuantos jamás vivieron en el mundo; de la vieja Kaa, que tan fácilmente podía tomar el aspecto de una rama muerta ó de un carcomido tronco de árbol, de tal suerte que los más hábiles podían engañarse, hasta que la rama se apoderaba de ellos. Kaa era para los monos lo más temible de toda la selva, porque ninguno de ellos sabía hasta donde llegaba su poderío; ninguno se atrevía á mirarla cara á cara; y ninguno, tampoco, salió nunca con vida de entre sus anillos. Así fué que, muertos de miedo, huyeron hacia los muros ó los techos de las casas, y Baloo pudo respirar, al fin. Su piel era más gruesa que la de Bagheera; pero había sufrido gravemente en la lucha. Abrió entonces Kaa la boca, por primera vez, produjo largo silbido, que era una de sus palabras, y los monos que desde lejos acudían presurosos en defensa de sus compañeros de las Moradas Frías, quedáronse en el mismo sitio donde se hallaban, completamente acobardados, hasta que con su peso dobláronse y crujieron las ramas. Los que estaban sobre los muros y casas vacías cesaron en su gritería, y en medio del reposo que reinó en la ciudad, Mowgli pudo oir á Bagheera sacudiéndose de encima el agua, al salir de la cisterna.

Estalló, entonces, de nuevo, el clamoreo de antes. Encaramáronse por las paredes los monos á mayor altura; agarráronse al cuello de los grandes ídolos de piedra, y chillaron saltando por los almenados muros; mientras Mowgli, bailoteando en la glorieta, miraba por los calados de mármol, y graznaba como un buho en son de burla y para demostrar su alegría.

—Saca al hombrecito fuera de esa trampa, que yo nada más puedo hacer ya, dijo Bagheera sin aliento casi. Cojámoslo y vamos. Podría ser que volvieran á atacarnos.

—No se moverán hasta que yo se lo mande. ¡Quietos!; ¡Asssí! Silbó Kaa estas palabras, y la ciudad quedó en silencio una vez más. Y continuó Kaa, dirigiéndose á Bagheera:

—No pude venir antes, hermana; pero me parece que te oí llamar...

—Acaso... acaso haya gritado en medio de la refriega, contestó Bagheera. Baloo ¿te han hecho daño?

—No estoy muy seguro de que, de tanto estirarme, no me hayan convertido en un centenar de diminutos oseznos, contestó gravemente Baloo, alargando primero una pata y después otra. ¡Wow! Tengo todo el cuerpo adolorido... Creo que á tí, Kaa, te debemos la vida Bagheera y yo...

—No importa. ¿Donde está el hombrecito?