—¡Aquí, en la trampa! No puedo encaramarme para salir de ella, gritó Mowgli, que veía sobre su cabeza la curva de la rota cúpula.

—Sacadle de aquí. Está bailando como Mao, el pavo real, y va á aplastar á nuestros pequeñuelos, dijeron desde adentro las cobras.

—¡Ja¡ ¡Ja! exclamó Kaa riendo, en todas partes tiene amigos este hombrecito. Échate un poco para atrás. Y vosotros, Pueblo Venenoso, escondeos. Voy á derribar la pared.

Practicó Kaa un detenido examen hasta descubrir en los calados de mármol una grieta que indicaba un punto débil; dió encima dos ó tres golpecitos con la cabeza para calcular así la distancia conveniente, y entonces, levantando del suelo por completo el cuerpo, en una longitud de cerca de dos metros, dió con toda su fuerza media docena de terribles golpes en que la nariz fué lo primero que pegó contra el mármol. La glorieta se hizo pedazos, que cayeron envueltos en una nube de polvo y de escombros, y Mowgli saltó por el boquete abierto, arrojándose entre Baloo y Bagheera, y pasando un brazo alrededor del cuello de cada uno.

—¿Te han hecho daño? dijo Baloo, abrazándole tiernamente.

—Todo el cuerpo me duele, tengo hambre y estoy lleno de cardenales; pero ¡oh! ¡cómo os han puesto á vosotros! Estáis cubiertos de sangre.

—También otros lo están, contestó Bagheera relamiéndose y mirando el gran número de monos muertos que había en la terraza, en torno de la cisterna.

—¡Eso no es nada... no es nada! ¡Lo principal es que tú te hayas salvado, ranita mía, orgullo mío!

—Ya hablaremos de eso después, dijo Bagheera, tan secamente que no gustó á Mowgli poco ni mucho. Pero ahí está Kaa, á la cual debemos, tú la vida, y nosotros el haber ganado la batalla. Dale las gracias, según nuestra costumbre, Mowgli.

Volvióse éste y vió, á poquísima distancia de su cabeza, á la gran serpiente pitón, que balanceaba la suya.