—De modo que éste es el hombrecito, dijo Kaa. Muy fina tiene la piel, y en realidad no deja de parecerse algo á los Bandar-log. Cuida, hombrecito, de que algún día, allá á la hora del crepúsculo, al acabar de cambiar yo la piel, no me equivoque y te tome por un mono.

—Tú y yo somos de la misma sangre, contestó Mowgli. La vida me salvaste esta noche; lo que yo mate en la caza será para tí, Kaa, siempre que sientas hambre.

—Mil gracias, Hermanito, dijo Kaa, cuyos ojos brillaron maliciosamente. ¿Y qué es lo que puede matar tan fiero cazador? Desde ahora pido permiso para seguirle cuando vaya de cacería.

—Nada mato... soy demasiado pequeño para ello... pero acorralo las cabras haciéndolas ir hacia el sitio en que están los que pueden apoderarse de ellas. Cuando tengas el vientre vacío vente conmigo y verás si te engaño. Tengo cierta destreza en el manejo de éstas (y al decirlo mostraba sus manos), y, si algún día llegas á caer en una trampa, podría ser que te pagara entonces la deuda que tengo contraída contigo, con Bagheera y con Baloo, aquí presentes. ¡Buena suerte para todos, maestros míos!

—¡Bien dicho! gruñó Baloo, al ver la habilidad con que Mowgli había dado las gracias. En cuanto á la serpiente pitón, dejó caer por un momento y muy blandamente su cabeza sobre el hombro del muchacho, diciéndole:

—Tan grande tienes el corazón como cortés es tu lengua. Ambos han de llevarte muy lejos en la Selva, hombrecito; pero ahora márchate pronto de aquí con tus amigos. Márchate y vete á dormir, porque la luna va á dejarnos ya, y no es bien que veas lo que va á suceder.

Hundíase la luna tras las colinas, y las filas de monos, temblando de miedo, agrupados sobre los muros y almenas, parecían entonces la rota y movible orla de aquel escenario. Baloo dirigióse á la cisterna para beber; Bagheera comenzó á alisarse la piel, y Kaa se deslizó hasta el centro de la terraza, cerrando la boca con sonoro chasquido que atrajo las miradas de todos los monos.

—La luna se esconde, dijo. ¿Queda aún suficiente luz para que me veáis?

Llegó de los muros una especie de gemido semejante al que produce el viento en las copas de los árboles: