—Me han dado esta orden. Soy pastor, por ahora. ¿Y qué noticias me traes de Shere Khan?
—Ha vuelto á este país, y ha estado mucho tiempo buscándote. Hoy se ha marchado, porque la caza escasea aquí; pero tiene la intención de matarte.
—Perfectamente, dijo Mowgli. Mientras no vuelva, procurad, tú ó uno de tus hermanos, poneros sobre esta roca de modo que yo pueda veros al salir de la aldea. En cuanto él esté aquí, espérame en el barranco donde está aquel árbol de dhâk, en el centro de la llanura. No hay ninguna necesidad de que nosotros mismos nos metamos en la boca de Shere Khan.
Dicho esto buscó Mowgli un sitio en que hubiera sombra, acostóse y durmió mientras los búfalos pacían en torno suyo. El pastoreo, en la India, es uno de los oficios más perezosos de este mundo. Cambia el ganado de sitio, masca, se echa, vuelve á levantarse, y ni muge siquiera. No hace más que gemir sordamente, y, en cuanto á los búfalos, muchas veces, ni aun eso, sino que se hunden en los pantanos, uno tras otro, ábrense paso entre el fango hasta no dejar ver en la superficie más que el hocico y los fijos, azules ojos, y así se quedan como unos leños. El sol parece que haga vibrar las rocas en la atmósfera caliginosa, y los chiquillos que guardan el ganado oyen, de cuando en cuando, á un milano (nunca á más de uno) que silba desde casi invisible altura, y saben que si ellos, ó alguna vaca, murieran, aquel milano lanzaríase allí en el acto, mientras el más próximo, á algunas leguas de distancia, vería su rápido descenso, y otros y otros se enterarían desde muy lejos, hasta el punto de que, casi sin dar tiempo de que se acabaran de morir, más de veinte milanos hambrientos se presentarían sin que se supiera de donde habían salido. Unas veces los chiquillos duermen, se despiertan, vuelven á dormirse; tejen cestitas con hierba seca y meten saltamontes dentro; cojen dos insectos de los llamados mantas religiosas y hacen que se peleen; forman collares con nueces de la selva, rojas y negras; observan á un lagarto que toma el sol sobre una roca; ó, finalmente, miran como junto á los pantanos alguna serpiente da caza á una rana. Otras veces cantan largas, larguísimas canciones con unos trinos al final muy típicos del país, y oyendo aquello parece el día más largo que la vida de la mayoría de las personas; ó fabrican con el fango castillos, con hombres, caballos y búfalos, y, poniendo cañas en las manos de aquéllos, suponen que son reyes rodeados de sus ejércitos, ó dioses que reclaman adoración.
Á todo eso llega la noche, y, á los gritos de los chiquillos, levántanse los búfalos pesadamente de entre el pegajoso barro, produciendo ruidos semejantes á sucesivos disparos de armas de fuego, y en larga fila se dirigen, á través de la llanura gris, hacia el sitio donde parpadean las luces de la aldea.
Día tras día llevó Mowgli á los búfalos á aquellos pantanos; día tras día vió al Hermano Gris, á una legua y media de distancia, en la extensa llanura (con lo cual sabía que Shere Khan no había vuelto aún); y día tras día acostóse, también, sobre la yerba, escuchando los ruidos y soñando en su pasada vida, allá en la selva. Si Shere Khan hubiera dado, con su pata coja, uno de sus inseguros pasos en los bosques que dominan el Wainganga, no hay duda que Mowgli lo hubiera oído: tal era la quietud de aquellas interminables mañanas.
Llegó, al fin, un día en que no vió al Hermano Gris en el sitio convenido, y, riéndose, condujo entonces á los búfalos por el barranco en que estaba el árbol de dhâk, cubierto materialmente de flores de un color rojo dorado. Allí encontró al Hermano Gris, erizados cuantos pelos tenía en la espalda.
—Se ha escondido durante un mes para despistarte. Anoche cruzó por los campos, acompañado de Tabaqui, siguiéndote de cerca los pasos, dijo el lobo, perdido casi el resuello.
Mowgli arrugó el entrecejo.
—No le tengo miedo á Shere Khan, contestó, pero conozco la astucia de Tabaqui.