En el centro de un grupo, orillas del estanque, Perejil se quitó la blusa, arremangóse la camisa, y aludiendo á Juanito que aun no llegaba, dijo:
—Esperemos á ese cobarde.
No esperó mucho. Juanito entró en el jardín. Todas las bocas callaron. Los ojos llameaban; los corazones latían con presura. En presencia de los adversarios el concurso se conmovió.
Juanito vestía de blanco; el blanco de su ropa contrastaba con el negro profundo de sus ojos, y la obscuridad brillante de la cabellera riza.
Pequeño de estatura, corto de cuello, atlético de complexión, todo en el joven Hércules respiraba energía.
Con una imperturbabilidad desconcertante se dirigió al grupo que rodeaba á su enemigo, y encarándose con Pérez exclamó:
—Perejil, estoy á tus órdenes.
Perejil avanzó nervioso, pálido de coraje, digno de sus abuelos. Instintivamente Juanito cerró las manos; su nariz se infló; de sus ojos profundos brotaron centellas.
Perejil se detuvo. El hielo del pavor lo había tocado de súbito. Pero pensó en su honor, en su nombre, en su prestigio personal, en su orgullo de raza, y altivamente exclamó:
—Jabonero; vengo á decirte que yo no puedo pelear contigo; tú eres hijo de una perdida; tú no tienes madr...