La última frase no pudo concluírla. El puño de Juanito la había apagado en los propios labios de Perejil.
La cólera del jabonero rayaba en delirio. Cayó sobre Perejil; lo abofeteó, lo mordió, lo escupió, lo derribó, y cuando el pobre enemigo exánime se revolcaba en el polvo, la cara tinta en sangre, Juanito se puso en pie y una, dos, tres, y más veces, lleno de furia, pateó la boca maldiciente del caído.
Juanito, reprendido con dureza, fue puesto en reclusión. Nada de domingos libres. Nada de horas de asueto. Recreo, no para él. Del cuarto de dormir á la clase, y de la clase al cuarto de dormir. Preso, vigilado cuidadosamente, su encierro duraría hasta nueva orden del Director.
III.
«Tú no tienes madre».
Esta frase lo perseguía, lo hostigaba. A su recuerdo, uno como puñado sutilísito de agujas hincaba con crueldad en los ojos, en la frente, en las mejillas, en todo el rostro del pobre jabonero. Sentía Juan en la nuca un poderoso brazo, invisible, que le doblaba la cerviz, antes tan altiva. Sus rodillas tendían á flaquear; y todo él, á un influjo extraño y malhechor, era víctima de hondo desconcierto físico.
«Tú no tienes madre.»
Juanito sentía necesidad inmediata de un sér tangible á quien poder llamar con ese nombre dulcísimo. Hasta entonces él nunca había echado de menos á su madre. Criado al calor de la excelente Doña María con todas las ternezas de que fuera capaz la madre más apasionada; vástago único de un hombre para su hijo todo amor; jamás tuvo Juanito cómo sentir la ausencia del cariño materno. Caricias, mimos, ternuras, agasajos, fueron la atmósfera de su infancia. El pequeñuelo llenaba el hogar. De su amor vivían los corazones. Sus travesuras eran causa de fiesta. Su capricho era ley.
Por la mente de Juanito pasaba aquella infancia feliz cuya memoria agregaba otra aguja más cruel, más dolorosa, más punzante, á las muchas que herían su rostro. No se perdonaba el no haber preguntado nunca por su madre. Tenía una necesidad profunda de llanto. Dos noches pasó en una meditación llena de lágrimas.
Pensando en su hogar distante, en su buena tía, en la anciana paralítica, recordó que D. Juan, contra la costumbre, no lo había visitado en todo el mes. Lo enterneció la idea de perder el cariño de su padre. Experimentó una necesidad violenta de ver, de abrazar al autor de sus días. Entonces escribió una carta; carta nerviosa é imposible que hubo de romper. Se puso de nuevo y obstinadamente á la tarea; garrapateó uno, dos, tres pliegos de papel; pero ninguna de las misivas quedaba á su gusto.