—Lo dejarás, hijo, lo dejarás. Buscaremos otro que sea de tu agrado.

—No, papaíto lléveme con usted. No quiero ya ser ingeniero.

Esta salida desconsertó un poco á D. Juan. Tanto como eso no. El tenía sus ideas. Ir por ver á la familia y la tierruca, santo y bueno; pero para volver.

—Desengáñate, hijo, en esto no te complazco. Yo tengo mis ideas. Quiero hacer de tí una gran cosa; lo que yo no he podido ser. Si yo hubiera tenido un padre....

Y D. Juan inundaba á su hijo en una mirada llena de ternura.

Juanito abandonó el colegio; se fue á vivir en el hotel con su padre, lejos del ojo avizor de los profesores, y de la malquerencia de los alumnos. Se fue abominando de Legendre y de la filosofía escolástica; se fue á vivir en plena libertad, bajo el ala sedeña y perfumada del amor paterno.

Los días pasaban; días de una existencia deliberadamente llena de holganza y diversiones. D. Juan deseaba distraer á su hijo, porque la melancolía tejió su nido de tristezas en el alma del joven.

A las veces Juanito sentía impulsos de interrogar á D. Juan, de gritarle:

—¿Dónde está mi madre?—¿Qué ha hecho usted de mi madre?—¿Por qué no me habla usted de ella; por qué no me dice cómo es, ni adonde está?

Pero el respeto lo reducía á desesperante mutismo. Pensaba que D. Juan podía anonadarlo respondiéndole: