En el interior del tabuco, la vejezuela, mirando la gente mariposear á su puerta, y angustiada por las voces del pregonero, trata de levantarse, y rueda á los pies de la silla, por el suelo. Al grito y al golpe de la anciana, Lucio vuelve los ojos, y ve á su madre, caída, la frente rota, y la nieve de los cabellos roja de sangre.

Entonces mudo, siniestro, en un instante, á la vista de todos, Lucio agarra á Paolo por el cuello, lo atrae á sí, toma el cuchillo de zapatería y lo encaja furibundo en el vientre del muchacho.

Corre un instante de asombro, de mudez, de estupefacción. Cuando la multitud se echa encima de Lucio, ya él ha corrido á su madre, y besándola, murmura:

—¡Madre mía!

En la acera, Paolo agoniza. También da un beso á su madre; pero él la besa desde la tumba, con el pensamiento. Y entre tanto la colma á besos, el pobre niño cree oír la voz de su madre, que le dice:

—Invénta muchas noticias, Paolo.


ALMA ENFERMA