I.
oda la tarde estuvo Eudoro, la cabeza entre las manos, los ojos perdidos en no sé cuál lejanía de ensueño, muy lejos de sí mismo, en una escapada melancólica al país de los recuerdos.
Estaba triste, muy triste. Por la primera vez amaba de veras, y su amor era la causa de su pena. Ese amor no podía vivir. Lo mataba la inopia. Y el pensamiento del joven, adolorido, se fue á los buenos tiempos de la infancia.
El recuerdo es amargo y embriagador como el ajenjo. La memoria de las cosas pasadas, de los amores muertos, de las viejas alegrías, es de una voluptuosidad dolorosa. Eudoro pensó en su padre, en el gallardo militar muerto de cara al enemigo, en pro de su bandera. Tuvo envidia de aquella desaparición luminosa. El hijo del héroe sintió la nostalgia de la gloria. Sentía vagas aspiraciones hacia esa dulce quimera. Retoño de una aristócrata, que despreció siempre las clases bajas, y de un soldado, que despreció siempre la vida, Eudoro sentía cómo se alzaban en su corazón desdenes atávicos, cumbres de orgullo, doradas nieblas de vanidad. Estas nieblas, ahora rompidas por la miseria, no eran sino trágicos girones; estas cumbres, fulminadas por el dolor, ardían; estos orgullos, enfrenados, se encabritaban como potros cerriles.
Nacido en cuna de oro, criado en la opulencia, gozando una primera juventud color de rosa, Eudoro, como la Porcia de Musset, vivió:
Ignorant le besoin, et jamais, sur la terre,
Sinon pour l'adoucir, n'ayant vu de misère.
Sumido en el pasado, Eudoro veía surgir del fondo del tiempo aquellos días risueños, colmados de bienestar, aquellas noches de fiesta presididas por su madre, joven y hermosa. Después vino la muerte del padre, el abandono de los mejores amigos, la indiferencia de los áulicos de la víspera. Los días radiantes pasaron primero, á los ojos de su espíritu, como una dulce teoría de vírgenes blancas y soñadoras. Pronto vio interrumpida la procesión de frescas hermosuras por una cáfila de euménides de rostros espantables y cabelleras en desorden. Eran los días negros, las horas de miseria y pesar.
Su padre, después de todo un poco bohemio, era un despilfarrado. La muerte lo sorprendió en la bancarrota. Su vida, lujosa y dorada, era algo teatral. Caído el telón pudo verse que el brillo era de lentejuelas; el oro oropel; la majestad apariencia; la riqueza ruina; y que sobre aquellos hombros la púrpura encubría la desnudez.