D. Ped.—Leonor hermosa,
Segura estais en mi casa,
Porque aunque sea á la costa
De mil vidas, de mil almas,
Sabré librar vuestra honra
Del riesgo que la amenaza.
Dª. Leo.—Vuestra atencion generosa
Estimo, señor don Pedro.
D. Ped.—Señora, ya que las olas
De vuestra airada fortuna
En esta playa os arrojan,
No habeis de decir que en ella
Os falta quien os socorra.
Yo, señora, he sido vuestro,
Y aunque siempre desdeñosa
Me habeis tratado, el desden
Mas mi fineza acrisola,
Que es muy garboso donaire
El ser fino á toda costa.
Ya en mi casa estais, y así
Solo tratamos ahora
De agradaros y serviros,
Pues sois dueño de ella toda.
Divierte á Leonor, hermana.
Dª. Ana.—Celia.
Celia.—¿Qué mandais, señora?
Dª. Ana.—Di á Clori y Laura que canten.
[Ap. á Celia.]—Y tú, pues ya será hora
De lo que tengo dispuesto,
Porque mi industria engañosa
Se logre, saca á don Cárlos
A aquesa reja, de forma
Que nos mire, y que no todo
Lo que conferimos oiga.
De este modo lograré
El que la pasion celosa
Empiece á entrar en su pecho;
Que aunque los celos blasonan
De que avivan el amor,
Es su operacion muy otra
En quien se ve como dama,
O se mira como esposa;
Pues en la esposa despecha
Lo que en la dama enamora.
¿No vas á decir que canten?
Cel.—Voy á decir ambas cosas.
D. Ped.—Mas con todo, Leonor bella,
Dadme licencia que rompa
Las leyes de mi silencio
Con mis quejas amorosas:
Que no siente los cordeles
Quien el dolor no pregona.
¿Qué defecto en mi amor visteis
Que siempre tan desdeñosa
Me tratásteis? ¿Era ofensa
Mi adoracion decorosa?
Y si amaros fué delito,
¿Cómo otro la dicha goza,
E igualándonos la culpa
La pena no nos conforma?
¿Cómo, si es ley el denden
En vuestra beldad, forzosa
En mí la ley se ejecuta,
Y en el otro se deroga?
¿Qué tuvo para con vos
Su pasion de mas airosa,
De mas bien vista su pena,
Que siendo una misma cosa
En mí os pareció culpable,
Y en el otro meritoria?
Si él os pareció mas digno,
¿No supliera en mi persona
Lo que de galan me falta,
Lo que de amante me sobra?
Mas sin duda mi fineza
Es quien el premio me estorba,
Que es quien la merece ménos
Quien siempre la dicha logra;
Mas yo os he de adorar
Eternamente; ¿qué importa
Que vos me negueis el premio?
Pues es fuerza que conozca
Que me concedeis por fino
Lo que os negais de piadosa.
Dª. Leo.—Permitid, señor don Pedro,
Ya que me haceis tantas honras,
Que os suplique por quien sois
Me hagais la mayor de todas,
Y sea que ya que veis
Que la fortuna me postra,
No apureis mas mi dolor,
Pues me basta á mí por soga
El cordel de mi vergüenza
Y el peso de mis congojas.
Y puesto que en el estado
Que veis que tienen mis cosas,
Tratarme de vuestro amor
Es una accion tan impropia,
Que ni es bien decirlo vos,
Ni justo que yo lo oiga,
Os suplico que callais;
Y si es venganza que toma
Vuestro amor de mi desden,
Elegidla de otra forma,
Que para que estais vengado
Hay en mis penas de sobra.
(Salen á una reja don Cárlos, Celia y Castaño, y hablan aparte.)