D. Cár.—Señor don Rodrigo, yo
Estoy (perdonad si os tengo
Vergüenza, que vuestras canas
Dignas son de este respeto)
Sin que don Pedro lo sepa,
En su casa, y así os ruego
Que me dejéis ocultar
Antes que él salga, que el riesgo
Que un honor puede correr
Me obliga...
D. Juan.—¡Qué esto consiento!
¿Qué mas claro ha de decir?
Que aquel basilisco fiero
Do doña Ana aquí le trae.
¡Oh, pese á mi sufrimiento,
Que no le quito la vida!
Pero ajustar el empeño
Es ántes de don Rodrigo,
Pues le di palabra de ello;
Que despues yo volveré,
Puesto que la llave tengo
Del jardin, y tomaré
La venganza que deseo.
D. Rod.—Don Cárlos, nada me admira:
Mozo he sido, aunque estoy viejo;
Vos sois mozo, y es preciso
Que deis sus frutos al tiempo;
Y supuesto que decis
Que os es preciso esconderos,
Haced vos lo que convenga,
Que yo la causa no inquiero
De cosas que no me tocan.
D. Cár.—Pues á Dios.
D. Rod.—Guardeos el cielo.
Celia.—Vamos á prisa. A Dios gracias,
Que se ha excusado este aprieto;
Y vos, señor, esperad
Miéntras aviso á mi dueño.
D. Cár.—Un Etna llevo en el alma.
D. Juan.—Un volcan queda en mi pecho.
(Vánse don Carlos, Celia y Castaño)
D. Rod.—Veis aquí cómo es el mundo:
A mí me agravia don Pedro,
Don Cárlos le agravia á él,
Y no faltará un tercero
Tambien que agravie á don Cárlos;
Y es que lo permite el cielo
En castigo de las culpas,
Y dispone que paguemos
Con males que recibimos
Los males que habemos hecho.