Dª. Leo.—Intento, amiga, que tú,
Pues te he fiado mis penas,
Me des lugar para irme.
De aquí, porque cuando vuelva
Mi padre aquí no me halle
Y me haga casar por fuerza;
Que yo me iré desde aquí
A buscar en una celda
Un rincon que me sepulte,
Donde llorar mis tragedias
Y donde sentir mis males.
Lo que de mi vida resta;
Que quizás allí escondida
No sabrá de mí mi estrella.
Cel.—Sí, pero sabrá de mí
La mia, y por darte puertas,
Vendrá á estrellarse conmigo
Mi señor, cuando lo sepa,
Y seré yo la estrellada,
Por no ser tú la estrellera.
Dª. Leo.—Amiga, haz esto por mí,
Y seré tu esclava eterna,
Por ser la primera cosa
Que te pido.
Cel.—Aunque lo sea,
Que á la primera que haga
Pagaré con las setenas.
Dª. Leo.—Pues, vive el cielo! enemiga,
Que si salir no me dejas,
He de matarme y matarte.
Cel. (Ap.)—Chispas! y qué rayos echa!
Mas ¿qué fuera, Jesus mio,
Si aquí conmigo envistiera?
¿Qué haré? Pues si no la dejo
Ir, y á ser señora llega
De casa, ¿quién duda que
Le tengo de pagar esta?
Y si la dejo salir,
Con mi amo habrà la mesma
Dificultad. Hora bien,
Mejor es entretenerla
Y avisar á mi señor
De lo que su dama intenta,
Que sabiéndolo, es preciso
Que salga él á defenderla,
Y yo quedo bien con ambos;
Pues con esta estratagema
Ella no queda ofendida,
Y él obligado me queda.
(A Leo.)—Señora, si has dado en eso
Y en hacerlo tan resuelta
Estás, ve á ponerte el manto,
Que yo guardaré la puerta.
Dª. Leo.—La vida, Celia, me has dado.
Cel.—Soy de corazon muy tierna,
Y no puedo ver llorar
Sin hacerme una manteca.
Dª. Leo.—A ponerme el manto voy.