D. Rod.—¡Oh, qué bien que se conoce
Vuestra nobleza y talento!
Voy á que entre vuestra hermana,
Y os doy las gracias por ello.
(Sale doña Ana)
Dª. Ana.—No hay para que, don Rodrigo,
Pues para dar las que os debo
Estoy yo muy prevenida.
Y á tí, hermano, aunque merezco
Tu indignacion, te suplico
Que examines por tu pecho
Las violencias del amor,
Y perdonarás con esto
Mis yerros, si es que lo son
Siendo tan dorados yerros.
D. Ped.—Alza del suelo, doña Ana,
Que hacerse tu casamiento
Con mas decencia pudiera,
Y no poniendo unos medios
Tan indecentes.
D. Ped.—Dejad
Aqueso, que ya no es tiempo
De reprension, enviad
Un criado de los vuestros
Que á buscar vaya á don Cárlos.
Dª. Ana.—No hay que enviarlo, supuesto
Que como á mi esposo, oculto
Dentro mi cuarto le tengo.
D. Ped.—Pues sácale luego al punto.
Dª. Ana.—¡Con qué gusto te obedezco!
Que al fin mi amante porfia
Ha logrado sus deseos! [Váse]
D. Ped.—Celia.
[Sale esta.]