El Coro

He ahí a la esposa de Creón, la desgraciada Eurídice, a quien el acaso conduce o que sale de su palacio enterada de la muerte de su hijo.

ESCENA II

EURÍDICE, el MENSAJERO, el Coro

Eurídice

Ciudadanos, he oído vuestra voz en el momento en que yo salía para ir a orar al templo de Palas; al abrir la puerta, el rumor de alguna desgracia doméstica ha venido a herir mi oído; el temor me ha sobrecogido y he caído casi desvanecida en brazos de mis mujeres. ¿Qué decís? Repetídmelo. He sufrido ya males para tener la fuerza de escucharos.

El Mensajero

Mi querida ama, os diré lo que he presenciado, no disfrazaré la verdad. ¿De qué me serviría suavizarla? Pronto sería cogido en mentira; la verdad no perece nunca. Había yo seguido los pasos del rey hasta en medio del campo donde estaba aún el cadáver infortunado de Polinicio, que los perros devoraban. Dirigimos nuestras plegarias a Perséfone y a Hades; les pedimos que calmasen su iracundia; derramamos sobre Polinicio las aguas lustrales; reunimos sus lamentables restos sobre ramas recién cortadas y nos servimos de la misma tierra del campo para levantarle una tumba piramidal; luego nos dirigimos hacia la roca donde la princesa ha hallado el tálamo que había de unirla a la muerte. De pronto, en el fondo de aquella tumba privada de obsequios, uno de nosotros oye resonar dolorosos gemidos; se lo participa al rey, que, acercándose más, no tardó él mismo en distinguir aquellos acentos quejumbrosos sin conocer la causa. Sin embargo, lanzando un grito lamentable: «¡Ay de mí —dijo—, mis presentimientos serían verdaderos! ¿Me llevarán mis pasos a la mayor de las desgracias? La voz de mi hijo ha resonado en mi oído. Esclavos, corred, volad a la tumba de Antígona; acercaos a la piedra que la cierra; penetrad en la abertura que forma la entrada; decidme si es la voz de mi hijo, o si algún dios me ha engañado.» Ejecutamos las órdenes de nuestro amo enloquecido; vimos a Antígona colgada de la bóveda del subterráneo; su cinturón era el nudo que había corrido en torno de su cuello. Hemón la oprimía en sus brazos por la cintura, deplorando la pérdida de sus amores, la crueldad de su padre y el destino de su amante. Creón, ante tal espectáculo, avanza, y lanzando gritos, gemidos horribles: «Hijo mío, ¿qué hacéis? ¿Dejáis extraviarse vuestro espíritu? ¿A qué desesperación os entregáis? Salid, hijo mío, salid, os lo suplico yo.» Pero Hemón, lanzándole una mirada fiera y llena de horror, sin responder nada saca su espada de dos filos. Creón huye y esquiva sus golpes. Volviendo luego su cólera contra sí propio, el infortunado hunde su espada en su seno, y, conservando todavía su amor, estrecha a Antígona entre sus brazos moribundos, lanza los últimos suspiros y enrojece con su sangre, que sale con sus sollozos, las mejillas lívidas de su amante. Así, estos dos esposos, reunidos en la morada de los muertos, están acostados uno junto a otro, para enseñar a los humanos que la imprudencia es el más funesto de todos los males.

ESCENA III

El MENSAJERO, el Coro