Ese hombre se explicó bien, no lo dudéis; no le es posible retractarse; no soy yo sola quien le ha oído: toda la ciudad ha podido oirle como yo. Pero aunque llegase a cambiar de lenguaje, no nos demostraría que la muerte de Layo haya justificado el oráculo de Apolo, que había anunciado que el príncipe moriría a manos de su hijo. Ese hijo infortunado no ha hecho perecer a su padre, sino que él pereció antes miserablemente. Así, en este caso, como en cualquier otro que sobrevenga, no puedo dar fe a la palabra de un adivino.

Edipo

Tenéis razón. Con todo, enviad a buscar a ese hombre: no descuidéis eso.

Yocasta

Voy a enviar por él al punto. Pero entremos. No quiero hacer nada que no os sea grato.

El Coro

¡Concédanos el cielo la dicha de conservar en nuestras palabras y acciones la incorruptible pureza, cuyas leyes sublimes nacieron en el seno de las regiones celestes! No deben el ser estas leyes a la raza de los mortales; el Olimpo solo les dio nacimiento, y el sueño del olvido no podrá jamás alcanzarlas. Por ellas Zeus es grande y no envejece nunca. La tiranía produce el orgullo, que, locamente embriagado de cuanto hay de extravagante, se eleva a las alturas escarpadas, donde sus pasos tórnanse vacilantes y poco firmes. Poderoso dios, no interrumpamos estos debates esclarecedores, que deben salvar a la ciudad; oye los votos que te dirigimos y nunca cesaremos de considerarte como nuestro dios tutelar.

Si, sin temor a la justicia, sin respetar las moradas eternas de los dioses, algún mortal da rienda suelta a su orgullo en sus palabras o en sus actos; si aumenta sus riquezas por medios ilícitos; si persiste en su impiedad y se apega insensatamente a deseos que le están vedados, que el destino más funesto sea su patrimonio, y la sanción de su culpable insolencia. ¿Y quién vendría entonces a defenderle de los dardos destinados a horadar su alma? Si semejantes acciones fueran honradas, ¿para qué en adelante nuestras danzas sagradas en honor de los inmortales? No iríamos ya con nuestros votos al lugar sagrado que se llama el centro de la tierra, ni al templo abesiano, ni al de Olimpia, donde Zeus es adorado, si los oráculos que han sido publicados resultan inútiles para los humanos. ¡Oh, soberano de los dioses, oh Zeus, tú que tienes bajo tu imperio el universo, si es cierto que te dignas oirnos, no te olvides de ti mismo; no olvides los intereses de tu poder inmortal! Ya las predicciones anunciadas a Layo son consideradas como nulas; Apolo no tendrá ya honores que pretender: el culto de los dioses está destruido.