Edipo
¡Ay de mí, todo está ya en claro! Luz del día, te miro por última vez, yo que he nacido de quien nunca hubiera debido nacer; yo que he contraído lazos incestuosos; yo que he vertido la sangre que hubiera debido respetar.
El Coro
¡Razas infortunadas de los mortales! ¡No sois a mis ojos sino vanas sombras! ¿Quién entre los hombres ha conocido nunca otra dicha que la de parecer un momento feliz, gozar un instante de tal ilusión y caer al punto en el abismo? Contemplando tu infortunio, no tenemos en nada la felicidad de los mortales, oh desgraciado Edipo, que elevándote todo lo alto que le es dable a un mortal, has gozado todos los favores del destino; que hiciste perecer al monstruo de faz de doncella armado de garras crueles y famoso por sus enigmas; que fuiste para nuestra patria una muralla contra la muerte; que mereciste, en fin, ser nombrado nuestro rey. Todos los honores te han rodeado en el trono brillante de Tebas, y ¿qué hombre en las más grandes desgracias, en las más crueles revoluciones de su vida fué nunca más infortunado que tú ahora? ¡Oh, famoso Edipo, en qué puerto has abordado como padre, esposo e hijo! ¡Cómo, infortunado, cómo el lecho paterno ha podido sufrir en silencio semejantes horrores! El tiempo, que todo lo ve, te ha descubierto a tu pesar; hace justicia, al fin, a ese himeneo execrable, donde el que fué engendrado engendró a su vez. Hijo de Layo, hagan los dioses que no te veamos nunca. De nuestra voz gimiente, sólo se pueden ya esperar acentos de dolor; y para decir verdad, tú nos volviste a la vida y tú nos hundes nuevamente en la tumba.
ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
El Coro, un OFICIAL del Palacio
El Oficial