¡Vosotros, a quien se reverencia en la comarca! ¡qué horrores vais a oir! ¡Qué aflicción va a llenar vuestros corazones, si aún os inspira algún interés la casa de los Labdácidas! Nunca las aguas del Istros ni del Fasis serán suficientes para lavar cuanto este palacio encierra de mancillas y de iniquidades. Unas y otras, sin que las fuerce nadie, van a salir a la luz. Los más aflictivos de todos los males son los que el infortunado se procura a sí mismo.

El Coro

¡Oh, los que conocemos son ya harto dolorosos! Para añadirles más, ¿qué tenéis que decirnos?

El Oficial

Una palabra bastará para enteraros. La reina ha muerto.

El Coro

¡Desgraciada princesa! ¿Y cómo ha perecido?

El Oficial

Por su propia mano. Las circunstancias más dolorosas de su muerte no han llegado hasta mí, pues mis ojos no han podido verlas; pero en la medida que mi espíritu pueda sugerírmelo, vais a conocer todo lo que ha sufrido. Apenas, en los transportes que la agitaban, hubo franqueado el pórtico del palacio, arrancándose los cabellos con ambas manos, se dirige a su lecho nupcial: entra, cierra la puerta, llama a Layo, el esposo que hace tiempo no existe. Evoca la prenda antigua de su unión, el hijo que ha llegado a ser el asesino de su padre y que del seno mismo de su madre ha hecho salir una deplorable descendencia; gime sobre el lecho funesto donde ha tenido esposo de su esposo e hijos de su hijo. Ignoro cómo su muerte ha seguido a sus gemidos; pues los gritos de Edipo, que han resonado en mi oído, me han impedido darme cuenta de su deplorable fin. Mis ojos se han vuelto hacia el príncipe que, corriendo de acá para allá, pedía que se le diese una espada; que se le dijese dónde estaba su mujer, no su mujer, sino la que llevó en su seno al padre y a los hijos. En su extravío, un dios, sin duda, se lo ha hecho saber; pues ninguno de los presentes osaba responderle; lo cierto es que, marchando como sobre los pasos de un guía invisible, se lanza con gritos terribles contra la puerta, la fuerza, la hunde y penetra en la cámara, donde vimos a la reina pendiente del lazo fatal que acababa de quitarle la vida. En cuanto la ve, el infortunado lanza horribles rugidos y se apresura a desatar el nudo de que pende. Apenas cae en tierra (¡espectáculo horrible!) se apodera de los broches de oro de sus vestiduras y con ellos se horada los ojos, gritando que no la vería más, ni a ella ni al objeto de sus crímenes, ni al objeto de sus tormentos; y que en adelante, hundidos en las tinieblas sus ojos, confundirían lo que había de esquivar y lo que había de buscar. Pronunciando estas palabras, que repitió muchas veces, se levantó los párpados y se arrancó los ojos. Una sangre negra corría por su rostro, no gota a gota, sino como en lluvia tempestuosa. Ved cómo uno y otro han dado rienda suelta a su desesperación; ved cómo ambos esposos han mezclado sus dolores y sus males. Con lo que la antigua felicidad, que parecía antes digna de ese nombre, no es hoy sino lamentos, desesperación, oprobio y muerte; se ha cambiado en cuanto, entre nosotros, merece el nombre de infortunio.