La seguridad del efecto buscado en las novenas es completa en lo que se refiere a San Roque: “El ejercicio de esta Novena, dice: (pág. 3, Novena, Manila, 1910), nos ofrece el medio de obligar a este glorioso Santo para alcanzar de Dios lo que pedimos.”—“Para librarse de la peste * * * que tiene su origen en la corrupción del aire * * * a San Roque tenemos que acudir con fervorosos ruegos * * *” (pág. 3). Al lado del cadáver del Santo se halló un escrito, que se supone redactado por Dios, que decía: “Los que heridos de peste, imploran el favor de Roque, alcanzarán salud” (pág. 5). La intervención de San Roque será solamente en favor de los católicos; quien hace su novena dice lo que sigue: “Yo os suplico que por los méritos de este glorioso Santo, nos libréis, a todos los que asistimos a este culto y a todos los católicos de vuestro Reino de España y de estas Islas, de toda enfermedad pestilente que pueda quitarnos la vida” (pág. 13). Como no se hallan aquí incluidos los católicos de Estados Unidos, el Buró de Sanidad debe recordar que tales ciudadanos con los no católicos que habitan Filipinas, no gozan de la protección antipestífera de San Roque.

La superstición y el crimen

En su notable estudio sobre la Antropología Criminal en Filipinas, dice el Doctor Sixto de los Ángeles (pág. 119): “La fácil credulidad, fomentada por el sobrecultivo del fanatismo religioso, ha constituído desde un principio y hasta el presente uno de los defectos, por desgracia bastante extendidos aún, entre los naturales del país * * *. Amante de sus tradiciones y hábitos heredados, y falta de suficientes oportunidades para adquirir conocimientos, la masa popular filipina tiene que aferrarse, como es lógico y natural, a sus creencias, las que, por no requerir ningún esfuerzo para su comprehensión, se agravan y se arraigan de una manera espontánea en su mente. Como lo demuestran nuestros anales judiciales, la superstición ocupa una categoría notable entre los factores de la criminalidad en el país.” Las supersticiones a que alude el Dr. Ángeles no son tan sólo las de la antigua gentilidad de los filipinos que los misioneros, después de más de tres siglos, no han logrado destruir completamente. Las supersticiones a que se refiere en esta conferencia son las traídas por esos mismos misioneros y que han logrado fácilmente hacer penetrar en la conciencia filipina, dispuesta naturalmente a la credulidad, por medio de la propaganda eficaz y generosamente esparcida en las novenas y otros libritos llamados de devoción.

Como hasta la llegada de los americanos la enseñanza en Filipinas fué siempre y exclusivamente religiosa, y dirigida por los sacerdotes romanos, la persistencia de antiguas supersticiones son una demostración del fracaso de la educación religiosa. Tendrían por excusa los misioneros culpar a la rudeza invencible del filipino, que podríamos admitir por cortesía y para evitar discusiones. Pero lo grave no es que ellos no pudieron quitar algo de la supuesta cabeza dura del indio, sino el tremendo caudal de supersticiones que durante más de tres siglos, esos misioneros han hecho penetrar en esa misma cabeza con tan grave perjuicio para su mentalidad y su moralidad.

Falta de voluntad

El pecador falto de voluntad para refrenar sus malas obras le dice a Jesús, lavándose las manos en la intervención divina y dando testimonio de la falta de sentido de responsabilidad: “¿Es posible, dulcísimo Salvador de las almas, que convirtiendo tantos cada día, solo á la pérdida de la mía te has de demostrar insensible?” (Pág. 13.) Esta es una parte de una oración compuesta nada menos que por el Sumo Pontífice Gregorio VII, en su Ejercicio Devoto de la Pasión de Cristo (Manila, 1905).

También se dice a la Virgen: “Limpiad, Vírgen Inmaculada, mi corazón de todo pecado, y echad de mí todo aquello que desagrade a vuestros ojos purísimos. Purgad mi alma de los amores y afectos terrenos.” (Págs. 10-11; Corona Franciscana—de la Virgen María. Manila, 1902.)

Por la intercesión de San Francisco el devoto pide a Dios que: “Yo sujete en un todo mis desordenadas pasiones, potencias y sentidos,” para que “yo pueda reducir mis pensamientos, medir mis palabras y dirigir mis obras a la mayor perfección,” y “que te dignes ablandar la dureza de mi corazón.” (Págs. 18, 20 y 21 de la novena a San Francisco de Asís. Manila, 1899.)