Asustado de las maquinaciones de Satanás, el devoto a Santa Filomena le pide (pág. 23, Nov.), “que alcances del Señor el que quiebre más y más las fuerzas de mis contrarios, los demonios, y que me salve a pesar mío.”
Se invoca el auxilio de Santa Filomena diciendo (pág. 25, Nov.): “Haz que yo también sea casto, según mi estado, y que mi boca no profiera ninguna de aquellas palabras que según San Pablo, no deben nombrarse entre los fieles.”
A Santa Ana, Madre de María, le dice su devoto: “Interesaos, pues, Santa mía, para que se me conceda paciencia en mis adversidades, tolerancia en las injurias, y en todo un ánimo tranquilo * * * (Novena, pág. 1; Manila, 1893). También se le dirige el siguiente ruego; “Empeñaos, pues, Santa mía, con vuestro sagrado nieto Jesús para que se quite de nuestro corazón todo desafecto y mala voluntad que perdonemos por amor de Dios todas las injurias * * *.”
No es posible cultivar el sentido de la dignidad, ni del respeto de sí mismo cuando se diseminan doctrinas como las que resultan de los siguientes ejemplos, en la novena de Santa Rosa de Lima:
“Llevada de su humildad, hacía que una criada le pisara los labios,” (pág. 10). “Amaba más los desprecios que las mundanas honras * * *.” (pág. 102), y “deseaba con tanta eficacia que los otros la tuvieran por la cosa más vil del mundo, que aseguraba merecía estar en el infierno y que ese era su propio lugar por sus pecados. Si alguno mostraba no creerla y que la tenía por inocente, Nadie me conoce a mí, añadía, yo sola sé lo que soy” (pág. 11). “Oyendo una vez que la alababan de virtuosa, lo sintió tanto que quedó desmayada” (pág. 11).
En una oración a Santa Filomena (Novena, pág. 16) se dice a la Santa, pidiéndole su protección: “Mis pecados me han vuelto de poco menor que los ángeles, muy inferior a las bestias, pues que éstas no olvidan el pesebre de su amo, y a su modo agradecen la comida y yo me he olvidado de la casa de Dios * * *.” No es tan sólo desprecio de sí mismo lo que resulta de tales consideraciones, sino la falta de lógica en atribuir a la gratitud de las bestias su vuelta al pesebre del amo, cuando es claro que el móvil que les conduce es sencillamente el hambre.
La ira de Dios
Los fenómenos naturales se miran por la ignorancia como manifestaciones de la ira divina, que no llegarían a producirse si alguien, en la humanidad, no la provocara por medio de su conducta. Santo Tomás de Aquino, que con razón es considerado como el hombre más científico de su época, creía firmemente que los truenos, los rayos y las tempestades fueron tan sólo manifestaciones punitivas de Dios irritado contra los hombres. “De su temor a Dios, nacía en el Santo Doctor un género de miedo a los truenos y tempestades, con que como reverente hijo, temía ver airado el rostro del Padre, recelando no fueran aquellas tempestades provocadas por sus culpas.” (Milicia Angélica, Manila, 1907, pág. 21.)
El miedo ciego de Santo Tomás le hacía concebir una justicia ciega de la Divinidad porque por su culpa Dios desencadenaba una tempestad y prodigaba el rayo que naturalmente dañaba y molestaba a un gran número de personas que sufrían por causa de las culpas del Santo. Para el sencillo creyente, cuando el Santo sabio pensaba y creía de tal manera, no habrá motivo para rechazar su explicación, mucho menos sospechar siquiera que lo de castigar justos con pecadores no es obra de justicia ni siquiera de sentido común.