El R. P. Ruíz, dominico, muy lealmente reconoce el lamentable estado en que se encuentra la llamada instrucción pública en Filipinas, fuera de Manila en donde las cosas no son tan pésimas. A su modo de ver:

“Sería necesario que se enseñara el castellano y, por lo menos, que se les diera a los filipinos libros en su idioma, en que aprendan las cosas más elementales que ignoran, y Religión y Moral. El Rueda,[4] traducido, sería lo mejor, añadiendo algo de Filipinas y las gramáticas de su idioma al castellano. (Sin duda quería decir la gramática castellana traducida a sus dialectos.) Todo lo que no sea así, creemos que es perder tiempo. Con estas medidas, en treinta años está difundido el castellano entre los niños.” (Págs. 440-441.)

“Por las mismas razones (distancias y falta de caminos), los niños y las niñas no asisten a la escuela, y lo poco que saben lo aprenden de algunos maestrillos, gente por lo común de mal vivir escapada de otros pueblos, algunos de los cuales son también curanderos y ensalmadores, que al mismo tiempo que les enseñan la cartilla y algo de Catecismo, les imbuyen en mil supersticiones, y en todos los vicios....” El párroco que solamente algunos veces va por necesidad a administrar algún enfermo grave, y rara vez a visitarlos (a los indios) exprofeso, pues las parroquias son generalmente muy grandes y muchísimas y urgentes sus atenciones, no puede remediar sino en parte algunos de estos males.” (Pág. 255.)

La gente filipina

Ahora veamos qué clase de gente es la filipina. Es esencial reconocer la psicología de la comunidad. Ninguna opinión tan valiosa para el caso actual como la del misionero antes citado, que dice lo siguiente sobre la psicología de los filipinos:

“Como gente ignorante y poco culta, no dejan de tener los indios algunos resabios de supersticiones que practican inconscientemente engañados por los curanderos, que son los que mantienen vivas estas ridículas tradiciones de sus abuelos, sin que sepan dar razones de porque las hacen.” (Pág. 261.)

“Tienen (los indios) un fondo supersticioso, que se revela bien en todas sus prácticas.”

Citando las palabras del Dr. Lacalle dice el P. Ruíz (pág. 348):

“Pretender que gentes que dan los primeros pasos en el camino de la civilización, se revelen en sus actos religiosos, severos, ilustrados y verdaderamente pensadores, es cosa por todo extremo absurda.”