Cuando la noticia de esta derrota llegó a Atenas, todo el pueblo se asustó tanto y más que del mayor infortunio que antes les hubiese ocurrido, porque aun cuando la pérdida que habían sufrido en Sicilia fuese de grande importancia, y muchas otras que les habían ocurrido en diversos tiempos, habiéndose rebelado el ejército que tenían en Samos, y no contando con otros buques, ni gente para salir al campo, estando ellos mismos por otra parte tan airados unos contra otros en la ciudad que solo esperaban la hora de acometerse, y habiendo, después de tantas calamidades y malandanzas, perdido de un golpe toda la isla de Eubea, de la cual les llegaba más socorro que de su propia tierra de Atenas, fuera cosa muy extraña no espantarse de ello.

Cuanto más que estando la isla tan próxima a la ciudad, temían en gran manera que los enemigos, con el aliento que les daba aquella victoria, viniesen entonces al Pireo; cuyo puerto, totalmente desprovisto de naves, lo podían muy bien tomar si tuvieran ánimo para ello, e igualmente acometer la ciudad, o a lo menos cercarla, la cual por esta vía cayera en mayor desorden.

Si hacían esto, los que estaban en la armada de los atenienses en Jonia, aunque fuesen contrarios a la gobernación de los cuatrocientos, se verían obligados por su interés particular, y por la salud de su ciudad, a abandonar la tierra de Jonia para ir en socorro de su patria; de esta manera toda la tierra de Jonia, y del Helesponto, y las islas que están en aquel mar alrededor de Eubea, es decir, todo el imperio y señorío de los atenienses quedaría en poder de los enemigos.

Mas los lacedemonios en esto y en muchas otras cosas, fueron ciertamente útiles a los atenienses, por la multitud y diversidad de las gentes que tenían en su compañía, muy diferentes en voluntad y manera de vivir, porque unos eran activos y diligentes, y otros tardíos y descuidados, unos esforzados y otros temerosos. Especialmente para los combates por mar estaban muchas veces en grande discordia, lo cual resultó en provecho de los atenienses.

Esto se pudo bien conocer por los siracusanos, que siendo todos de un acuerdo y de una voluntad hicieron grandes cosas y tuvieron señaladas victorias.

Volviendo a nuestra historia, los atenienses habiendo sabido estas nuevas, en vista de aquella gran necesidad y temor, armaron veinte navíos, e inmediatamente se juntaron en el lugar de Pnix[29], donde otras veces habían acostumbrado a juntarse, y en aquellas reuniones acordaron destituir a los cuatrocientos y que la autoridad quedase en manos de los cinco mil, de cuyo número fuesen todos los que pudieran llevar armas y quisiesen servir de soldados sin sueldo ni ventaja, y que cualquiera que lo hiciese de otra manera fuese maldito y abominable. Muchas otras reuniones hubo después, en las cuales fueron hechas diversas leyes tocantes a la administración de la república y nombrados nomotetas[30]; de esta suerte me parece que hicieron muchas cosas para el régimen de sus negocios y por el bien de la ciudad, acabando las cuestiones que había entre ellos, a causa de la gobernación popular, y estableciendo un orden moderado que fue causa de que cesasen muchas y muy malas cosas que se hacían en la ciudad. Ordenaron en lo demás que Alcibíades y los otros que estaban con él fuesen llamados y que lo mismo se hiciera con los de Samos, a fin de que viniesen para ayudar a poner en orden los negocios de la ciudad.

Entretanto Pisandro, Alexicles y algunos otros de los cuatrocientos, se refugiaron a Decelia; mas Aristarco, que era su caudillo, sin otra compañía, tomó cierto número de arqueros que estaban allí de los bárbaros[31], y fue a Énoe, castillo que los atenienses tenían en las fronteras de los beocios, y que los corintios habían cercado a causa de algunos homicidios que los del castillo habían hecho en sus gentes. Con los corintios había algunos beocios que servían como voluntarios.

Al llegar allí Aristarco trató con los corintios y beocios para hacer rendirse a los defensores. Habló con los que estaban dentro, haciéndoles entender que se habían convenido todas las otras cuestiones entre los lacedemonios y los atenienses, entre ellas la de que rindiesen el castillo a los beocios.

Al oír estas palabras y razones los que estaban dentro, que no sabían lo que se había tratado, como hombres que estaban cercados, les dieron fe, por ser, como era Aristarco, el principal de los cuatrocientos, y se rindieron.

De esta manera cesó en Atenas la oligarquía; es a saber, la gobernación a cargo de pocos escogidos, y con ella la sedición y división de los ciudadanos.