XIV.

Las armadas de los atenienses y peloponesios van al Helesponto y se preparan para combatir.

En esta misma época, los peloponesios que estaban en Mileto conocieron claramente que eran engañados por Tisafernes, porque ninguno de aquellos a quien él había mandado, cuando partió para ir a Aspendo, que pagasen a los peloponesios su sueldo, les había dado nada, y además no había noticia alguna de la vuelta de Tisafernes, ni de los barcos que prometía traer de Fenicia; por el contrario, Filipo, que había ido con él, escribía a Míndaro, capitán de la armada, que no tuviese esperanza en los buques, y lo mismo había escrito un espartano llamado Hipócrates que estaba en Fasélide.

Por esta causa, siendo los soldados solicitados o sobornados, y apremiados por Farnabazo, el cual deseaba con el favor de la armada de los peloponesios, hacer rebelar todas las villas que tenían los atenienses en su provincia, como lo había hecho Tisafernes, Míndaro, capitán de la armada, hizo liga con él, esperando que le iría mejor que con Tisafernes.

Para hacer esto más secretamente, antes que los atenienses que estaban en Samos lo supieran, con la mayor diligencia que pudo partió de Mileto con setenta y tres trirremes e hizo rumbo hacia el Helesponto, a donde aquel mismo verano habían ido otros doce, los cuales ejecutaron muchos asaltos y robos en una parte del Quersoneso.

Estando en el golfo de Quersoneso, sobrevino una tormenta que le obligó a acogerse a Ícaro, y allí estuvo esperando que la mar se sosegase para después ir a Quíos.

En este tiempo Trasilo, que estaba en Samos, fue avisado de que Míndaro había partido de Mileto, e inmediatamente partió con cincuenta buques a toda vela para llegar el primero al Helesponto. Mas sabiendo después que la armada de los enemigos estaba en Quíos, y pensando que se detendría allí algunos días para tomar provisiones, metió sus espías en la isla de Lesbos, y también en la tierra firme, que está en frente de la isla, para que los enemigos no pudiesen pasar sin ser de ello advertido; y él, con el resto de la armada, fue a Metimna, donde hizo tomar harina y otras vituallas para ir de Lesbos a Quíos si los enemigos se detuviesen allí algún tiempo.

También quería ir a la ciudad de Éreso, para recobrarla si pudiese, porque se había rebelado contra los lesbios por intrigas de algunos desterrados de Metimna, que eran de los principales de la ciudad, los cuales, habiendo llamado de la ciudad de Cime hasta cincuenta buenos hombres de sus amigos y aliados, y pagados trescientos soldados de tierra firme al mando de un ciudadano de Tebas que ellos habían escogido por la amistad y alianza que tenía con los tebanos, fueron por mar derechos a Metimna pensando entrar por fuerza; pero su empresa no tuvo efecto, porque habiendo entrado allí los atenienses que estaban en Mitilene de guarnición, acudieron súbitamente en socorro de los ciudadanos, y combatiendo contra estos desterrados, les obligaron otra vez a salir de la ciudad de noche, yéndose a Éreso, donde hicieron por fuerza que les recibiesen y se rebelase contra los mitilenios.

Llegado allí Trasilo con toda su armada, se preparaba para acometer la villa; por su parte Trasíbulo, que había sido avisado en Samos de la ida de los desterrados a Éreso, llegó también con cincuenta naves, y además habían ido otros dos buques que estaban en Metimna, reuniéndose en número de sesenta y siete, que llevaban gente e ingenios para tomar a Éreso.

En tanto que esto pasaba, Míndaro, con los buques peloponesios, habiendo hecho provisión de vituallas por espacio de dos días en Quíos, y recibido la paga de sus soldados, que les dieron los de la villa; es a saber, cuarenta y tres dracmas por cada uno, tres días después desplegó velas, y por temor de encontrar los barcos que estaban en Éreso, salió a alta mar, dejando la isla de Lesbos a mano izquierda, y navegando cerca de tierra firme hasta llegar a la villa de Carteria, que está en tierra de Focea, donde comió con su gente.