Con este consejo salieron de la ciudad y comenzaron a trabajar en su fuerte y reparo, tomando desde el muro de la ciudad y continuando a la larga frente al de los enemigos. Para esta obra cortaron muchos olivos del término y sitio del templo, con los cuales hicieron torres de madera para defensa del fuerte por la parte de la marina que ellos tenían, porque los atenienses aún no habían hecho llegar su armada desde Tapso al puerto grande a fin de poder impedirlo, del cual lugar de Tapso hacían traer por tierra abastecimientos y otras cosas necesarias. Habiendo los siracusanos acabado su fuerte, sin que los atenienses se lo pudiesen estorbar por tener bastante que hacer por su parte construyendo su muro, y sospechando que si atendían a dos cosas al mismo tiempo podrían ser más fácilmente combatidos por los atenienses, se retiraron dentro de la ciudad, dejando una compañía de infantería guarneciendo aquel fuerte.
Por su parte los atenienses rompieron los acueductos por donde el agua iba a la ciudad, y sabiendo por sus espías que la compañía de los siracusanos que había quedado en guarda de su fuerte y parapetos, a la hora del mediodía, unos se retiraban a sus tiendas y otros entraban en la ciudad, y los que quedaban allí en guarda estaban descuidados, escogieron trescientos soldados muy bien armados y algún número de otros armados a la ligera para que fuesen delante a combatir el fuerte, y al mismo tiempo ordenaron todo el ejército en dos cuerpos, cada cual con su capitán, para que el uno fuese directamente hacia la ciudad a fin de recibir a los de dentro si salían a socorrer a los suyos, y la otra hacia el fuerte por la parte del postigo llamado Pirámide.
Dada esta orden, los trescientos soldados que tenían a su cargo acometer el fuerte, le combatieron y tomaron, porque la guarnición lo abandonó, acogiéndose al muro que estaba en torno del templo; pero los atenienses los siguieron tan al alcance, que casi a una, mezclados, entraron con ellos en Siracusa, aunque inmediatamente fueron rechazados por los de la ciudad que acudían en socorro.
En este encuentro murieron algunos atenienses y argivos; los otros todos al retirarse rompieron y derrocaron el fuerte de los enemigos, y llevaron de él toda la madera que pudieron a su campo. Hecho esto pusieron un trofeo en señal de victoria.
Al día siguiente los atenienses cercaron con muro un cerro que está junto el arrabal de Epípolas, encima de una laguna de donde se puede ver todo el puerto grande, y extendieron el muro desde el cerro hasta el llano y desde la laguna hasta la mar. Viendo esto los siracusanos, salieron de nuevo para hacer otro fuerte de madera a la vista de los enemigos con su foso, para estorbarles que pudiesen extender su muro hasta la mar, pero los atenienses, habiendo acabado el muro del cerro, determinaron acometer otra vez a los siracusanos que trabajaban en los fosos y reparos, y para esto mandaron al general de la armada que saliese con ella de Tapso y la metiese en el puerto grande. Ellos, al despuntar el alba, bajaron de Epípolas, atravesaron el llano que está al pie y de allí la laguna por la parte más seca, lanzando en ella tablas y maderos que les pudiesen sostener los pies, pasando a la otra parte y venciendo, y dispersando a los siracusanos que allí estaban en guarda, de los cuales unos se retiraron a la ciudad y otros hacia la ribera; mas los trescientos soldados atenienses que fueron escogidos para acometerles como la vez pasada, los quisieron atajar y dieron a correr tras ellos hacia la punta de la ribera.
Viendo esto los siracusanos, porque la más era gente de a caballo, revolvieron contra los trescientos soldados con tanto ímpetu, que los pusieron en huida y después cargaron sobre los atenienses que venían en el ala derecha tan rudamente, que los que estaban en primera fila se asustaron y cobraron gran miedo. Mas Lámaco, que venía en el ala izquierda, advirtiendo el peligro en que estaban los suyos, acudió a socorrerlos con muchos flecheros y algunos soldados argivos, y habiendo pasado un foso antes que le siguiesen los suyos, fue muerto por los siracusanos, como también otros cinco o seis que habían pasado con él. Los siracusanos trabajaban para pasar estos muertos a la otra parte del río antes que llegase la demás gente de Lámaco; pero no pudieron, porque les pusieron en tanto aprieto que les fue forzoso dejarlos.
Entretanto, los siracusanos que al principio se habían retirado a la ciudad, viendo la defensa que hacían los otros, cobraron ánimo y salieron en orden de batalla para pelear con los atenienses, enviando algunos de ellos a combatir el muro que los atenienses habían hecho en torno de Epípolas por creer que estaba desprovisto de guarnición, como a la verdad lo estaba, y por eso ganaron gran parte del muro y le hubieran ocupado del todo si Nicias no acudiera pronto en socorro de los atenienses que habían quedado allí por mala disposición, y al ver que no había otro remedio para poder guardar y defender el muro por aquella parte por falta de gente, mandó a los suyos que pusiesen fuego a los pertrechos y madera que había delante del muro, y así se salvaron, porque los siracusanos no osaron pasar más adelante a causa del fuego, también porque veían venir contra ellos la banda de los atenienses que había seguido a los otros sus compañeros en el alcance, y además, porque las naves de sus contrarios que venían de Tapso entraban ya en el puerto grande. Conociendo, pues, que no eran bastantes para poder resistir a los atenienses ni estorbarles que acabaran su muro, acordaron retirarse hacia la mar, y los atenienses pusieron otra vez su trofeo en señal de victoria, porque los siracusanos la reconocían demandándoles sus muertos para enterrarlos, los cuales ellos les dieron y también recobraron los cuerpos de Lámaco y los otros sus compañeros que habían sido muertos con él.
Reunida ya la armada de los atenienses y todo su ejército, cercaron por dos partes la ciudad por mar y por tierra, comenzando desde Epípolas hasta la mar, y estando allí sobre el cerco les traían muchos abastecimientos y vituallas de todas partes de Italia, y muchos de los aliados de los siracusanos que al principio habían rehusado aliarse con los atenienses, fueron entonces a rendirse a ellos. De la parte de la costa de Tirrenia[12] recibieron tres pentacóntoros de socorro. De manera que las cosas de los atenienses iban tan prósperas que tenían por cierta la victoria, mayormente entendiendo que los siracusanos habían perdido la esperanza de poder resistir a las fuerzas de los atenienses, porque no tenían nuevas de que de los lacedemonios les enviaran socorro alguno. Por ello tuvieron entre sí muchas discusiones para capitular, y también con Nicias, que después de la muerte de Lámaco había quedado por único caudillo de los atenienses, para hacer algún tratado de paz o treguas, mas no se concluyó cosa alguna, aunque de una parte y de la otra tuvieron muchos debates, como sucede entre hombres que están dudosos y que se ven cercados y apremiados más y más cada día.
Advirtiendo los siracusanos la necesidad en que estaban, desconfiaban unos de otros, de manera que destituyeron a los capitanes que primero habían elegido, so color de que las pérdidas y derrotas sufridas fueron por culpa de ellos o por su mala dicha, y en su lugar nombraron otros tres, que fueron Heráclides, Eucles y Telias.
Mientras esto ocurría, el lacedemonio Gilipo había ya llegado a Léucade con las naves de los corintios, y con determinación de acudir con toda premura a socorrer a los siracusanos. Mas teniendo nuevas de que la ciudad estaba cercada por todas partes, por muchos mensajeros que llegaban, todos conformes en la noticia, aunque no era verdad, perdió la esperanza de poder remediar las cosas de Sicilia, y para defender a Italia, partió con dos trirremes de los lacedemonios. Con él iban el corintio Pitén, con otros dos barcos de Corinto, y a toda prisa llegaron a Tarento. Tras ellos navegaban otras diez naves, dos de Léucade y tres de los ambraciotes.