I.

Entra Gilipo en Siracusa con el socorro de las otras ciudades de Sicilia partidarias de los siracusanos. Pierde una batalla y gana otra contra los atenienses. Los siracusanos y los corintios envían una embajada a Lacedemonia pidiendo nuevo socorro y Nicias escribe a los atenienses demandándoles refuerzos.

Después que Gilipo y Pitén repararon sus naves en Tarento, partieron para ir a Locros Epicefirios, hacia el poniente, y avisados de que la ciudad de Siracusa no estaba aún cercada por todas partes y de que podían entrar por Epípolas, dudaron si dirigir el rumbo a la derecha de Sicilia, intentando entrar en la ciudad, o si, encaminándose a la izquierda, irían primeramente a abordar en Hímera, reuniendo allí toda la gente que pudiesen, así de los de la ciudad como de los otros sicilianos, y yendo después por tierra a socorrer a los siracusanos. Decidieron por fin ir a Hímera, por ser advertidos que las cuatro naves atenienses enviadas por Nicias, no habían aún aportado a Regio. Nicias las envió allí por creer que los de Gilipo estaban aún detenidos en Locros.

Pasaron, pues, Gilipo y Pitén con su armada al estrecho antes que los barcos de los atenienses hubiesen aportado a Regio, y después, navegando al largo de la mar de Mesena, fueron derechamente a abordar en Hímera. Estando en este lugar indujeron a los himereos a ajustar con ellos alianza, y a que les proveyesen de barcos y de armas para su gente, de que tenían falta. Tras esto ordenaron a los selinuntios que se hallasen con todo su poder en cierto lugar que les señalaron, prometiéndoles enviar con ellos alguna de su gente de guerra.

Ocurrió también que los de Gela, y algunos otros sicilianos, mostráronse más propicios a entrar en esta alianza con los peloponesios que lo habían estado antes, a causa de que Arcónides, que señoreaba algunos de los sicilianos, había muerto pocos días antes, y en vida tuvo gran amistad e inteligencia con los atenienses. También influyó en esta decisión el rumor de que Gilipo acudía con diligencia y con muchas fuerzas él y los suyos en favor de los siracusanos.

Gilipo, con setecientos hombres de guerra que tomó de los suyos entre soldados y marineros armados, mil himereos armados de todas armas y a la ligera, ciento de a caballo, algunos de los selinuntios y otros hombres de armas de los de Gela, y con muchos soldados sicilianos hasta el número de mil, fue derechamente a Siracusa.

Por su parte, los corintios partieron de Léucade para acudir a toda prisa a aquellas partes con todos sus barcos. Góngilo, que era su capitán, llegó el primero de todos cerca de Siracusa, aunque había partido el último.

Tras él arribó Gilipo, quien al saber que los siracusanos estaban resueltos a hacer tratos con los atenienses, lo estorbó, avisándoles el socorro que les llegaba, con lo cual los siracusanos mostráronse muy alegres y consolados.

Con estas noticias cobraron ánimo y salieron con todas sus fuerzas fuera de la ciudad a recibir a Gilipo, por tener entendido que ya estaba en camino, el cual habiendo tomado por fuerza de armas la villa de Ietas, dirigiose con toda su gente puesta en orden de batalla hacia Epípolas.

Llegó allí por la parte de Euríelo, por donde los atenienses habían subido la primera vez, se unió a los siracusanos y todos juntos marcharon hacia el muro de los atenienses, que ya entonces tenía de largo hasta siete u ocho estadios desde el campamento de los atenienses hasta la mar, y era doble por todas partes, excepto por un extremo, hacia la mar, donde estaban construyéndolo, y de la otra parte, hacia Trógilo, habían traído gran cantidad de piedras y otros materiales. En algunos lugares estaba ya acabada la obra, en otros a medias, y finalmente en otros no habían comenzado a causa de que por aquella parte se extendía muy a la larga. En este peligro estaban los siracusanos cuando les llegó el socorro.