Publicó la Historia de la Orden de San Jerónimo en los años 1600 y 1605.
Escribía con gran esmero, cosa poco acostumbrada entre sus contemporáneos, así que su lenguaje es de lo más puro y correcto que hay en castellano; notable por la elegancia, siempre sobria, que mantiene la alteza de la narración aun cuando ésta se emplee en las más pobres y humildes vidas en que por fuerza había de ocuparse a menudo. Menéndez y Pelayo coloca a Sigüenza entre los primeros estilistas españoles después de Juan de Valdés y Cervantes.
Tenía un concepto de la Historia enteramente artístico; tanto, que llega a señalarle como leyes, en primer lugar, el estilo, y sólo en segundo término, la veracidad: «Prometo ser en cuanto pudiere religioso en las leyes de la historia; la primera, que es el estilo y una manera de contar breve, lisa, sin afectación ni afeites, procuraré imitalla en aquellos primeros príncipes de la lengua latina que acertaron en esto felizmente, cultivando con mucho estudio su lengua, lo que en la nuestra pensamos alcanzar sin trabajo. La verdad y la fe, que es lo segundo, y el alma sin la cual ni ésta ni otra merece nombre de historia, será de tanta entereza que ella misma asegurará sin sospecha a los lectores.»
HISTORIA DE LA ORDEN DE SAN JERÓNIMO
PARTE II (1600), PÁGINA 251
Cuenta la vida de Fray Juan de Carrión, llena de humildad simple y candorosa.
Era este siervo de Dios natural de Carrión, de padres honrados, y llamóle Dios al estado de la religión siendo de más de veinte y cinco años, hombre hecho, Sacerdote ya, y el tiempo que vivió en el siglo, de buen ejemplo. Sintieron mucho en su pueblo que los dejase, porque con su vida y ejemplo aprovechaba a todos. Vínose al monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, pidió el hábito al padre Fray Fernando Yáñez, echó luego de ver su buena alma, y diósele de buena gana. Industrióle él mismo en las cosas de la religión, y a la buena leche de esta doctrina le hizo crecer presto, y pasar del estado de infante al de varón perfeto, y a la medida de la edad de la plenitud de Cristo. Ansí olvidó todo lo de atrás, y tan de hecho renunció el mundo, que vino aun a perder la memoria de lo que había sido; cosa felicísima, y que si fuese en nuestra mano, o ya que no lo es, procurásemos merecerla, nos haría como bienaventurados en la tierra. Acontencióle muchas veces vestirse el pellón que tenía sobre la cama, e irse ansí a Maitines, y sin advertir qué llevaba, ni que se reirían dél, todo olvidado de sí mismo y puesto el pensamiento en Dios, porque jamás se apartaba de su presencia, llevándole dentro de sí, o imaginándose dentro dél. Por ésta y por otras muchas cosas que hacía, sin advertencia de lo de afuera, le llamaban Fray Juan el Simple, unos burlando de su inocencia, otros admirados de su perfeción: juzgando cada uno conforme a la regla con que se nivelaba dentro. Y era en la realidad lo uno y lo otro, porque en la malicia (o como agora las llamamos: discreciones humanas) era semejante a aquel niño que puso Cristo por modelo de su escuela, y de la traza que habían de tener los que habían de entrar en su reino, y junto con esto, y necesariamente junto, un juicio muy alto, y tanta claridad y aviso para las cosas de la religión y virtud y del negocio de su estado, que en sus pareceres y en sus votos, ninguno de los aventajados le hacía ventaja; como quien tenía la ciencia que es propia de los santos y estaba levantado en otra más excelente región. Andan estas almas sencillas (digámoslo ansí) como zabullidas en Dios y en sí mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega turbación de malicia. Y como aquel mar inmenso no le puede mudar ni alterar cosa criada, los que dentro dél se recogen, gozan de una calma y bonanza que no se puede explicar, sino con las mismas palabras que quiso Dios lo dijesen sus Profetas santos, como lo cuenta David en las Enigmas y Símbolo de aquel Psalmo tan celebrado: Qui habitat in adiutorio altissimi, in protectione Dei cœli commorabitur. Que aun estas primeras palabras no se podrán bien declarar en nuestra lengua, y mucho menos entenderse, sino de los que supieren aquel lenguaje. Alcanzó nuestro simple Fray Juan esto en poco tiempo, y el modo (según algunos dicen) fué, porque en ninguna cosa se buscó a sí mismo, ni miraba en su provecho particular, ni en sus gustos, no sólo en las cosas corporales, sino aun en las de virtud, y que llamamos de espíritu, procurando a los principios salir con victoria contra todos sus apetitos, y levantarse sobre todo quanto tenía apariencia de negocio proprio, haciéndose fuerza y violencia, en quanto sentía que era propria voluntad, hasta venir a no tener cosa suya ni en las potencias exteriores ni interiores, y quedarse en una candidez e inocencia grande, dejándose llevar de sola la voluntad divina, que era para él la de su Prelado. Esta simpleza santa, dicen los ejercitados, que es aquel biso o aquel lino blanquísimo (era un lienzo de Egipto) más delicado que la más fina holanda, recio con esto y de mucha dura, como le pinta la Escritura, de hilo doblado y torcido, de que se hacían las telas y velos del Tabernáculo del Señor, porque no basta ser blanco y de un hilo, sino que han de ser dos. No sólo no buscarnos en las cosas materiales interese de carne y sangre, mas aun en los mismos ejercicios de las virtudes se mezcla el amor proprio, si no se le mira a las manos con gran recato. Tan delicada es esta estambre que ha de hacer el aposento a Dios. Sin duda dicen bien, y bien hacía nuestro Fray Juan en caminar con tanta perseverancia con estos pasos, que son los contrarios por donde aquel hombre primero perdió para todos aquella pureza, blancura e inocencia con que salió de las manos de su Hacedor, y quedamos desemejados y feos, deslustrada tanta hermosura. Desta virtud o fuente de virtudes, manaban en este siervo de Dios otras muchas; era para todos afable, dulce, amoroso, consuelo de quantos con él trataban para quanto le querían en obras de humildad y caridad. Dondequiera que la obediencia le llevaba, sin otro discurso ni razón más de que era mandado, iba alegre. Vivió algunos años en esta pureza y en el reposo de una virtud que tanto nos hace parecidos a Dios; no sabemos quantos ni otras muchas circunstancias que hicieran harto el caso entenderlas. Quando el Señor quiso llevarle deste mundo, de que él estaba tan fuera, revelóle su voluntad, pues eran tan unos en ella. Estaba un día en el coro con el convento, en el oficio divino, santo y bueno, sin género de indisposición ni otro acidente; tocóle el espíritu del Señor, hablóle dentro y revelóle su fin. En ese mismo punto comenzó a andar en el coro de una parte a otra con fervor y con acto que parecía estaba fuera de sí; iba de uno en otro religioso a las filas donde estaban asentados; echábase a sus pies y besábaselos; pedíales perdón del mal ejemplo que les había dado con sus negligencias y faltas. Puesto allí de rodillas y derramando lágrimas, decía a cada uno: «Perdóname, hermano, por el amor del Señor, y mira que me mandas para el otro mundo, que estoy de partida para allá.» Puso admiración en todos la novedad de Fray Juan; los más discretos suspendían el juicio desto, que por de fuera parecía locura; otros se reían teniéndola por simpleza, y aun otros pensaban que se había tornado loco. Muchos que conocían su entereza y buen juicio, y le tenían por siervo de nuestro Señor, decían que no carecía aquello de algún misterio, y que sin duda le habían hecho revelación de su fin. Acabados estos abrazos y despedidas con actos tan humildes, se puso de rodillas en medio del coro, alzó los ojos al cielo, hirió tres veces los pechos con el puño, como quando decía la culpa, y díjosela al Señor desta manera: «Perdóname, Señor, la multitud de defectos que he hecho en este santo lugar, rezando y cantando las horas, y la poca reverencia y devoción con que he estado aquí delante de tu Majestad divina y de los Ángeles santos que nos acompañan.» Dijo esto, y de allí a un poco, estando con gran sosiego de cuerpo y espíritu, dió el alma a su Criador.
PARTE III (1605). PRÓLOGO
Prosiguiendo voy el discurso de mi historia, y diré mejor el de mi obediencia, pues sólo ella es la que puede darme aliento para carrera tan larga. Diré también, con verdad, lo que dijo el Historiador Romano en el medio de su obra. Pudiera dejallo aquí, si no fuera cebando el alma con el gusto del sujeto. Ansí también lo confieso, pues ansí me acontece, y porque con lo que hasta aquí se ha descubierto, bastaba para juzgar lo que resta, mas no basta para la integridad y al amor que a la misma obra se debe, que se ha de anteponer al propio gusto. Historia es, como se ha visto, humilde y de humildes, contra la primera ley de historia que pide siempre cosas grandes. No se veen pensamientos ni discursos largos de Príncipes para conquistar nuevos reinos, o mudar de sus asientos grandes Estados, descubrir nuevas provincias, trastornar repúblicas, consejos profundos de paz y guerra, trocar la paz y deshacer las suertes de todo esto temporal y visible; cosas que se huelgan todos de leellas, y con tanto gusto (ojalá con tanto fruto) que se olvidan de la comida y aun del sueño. A mí no me dieron a escoger, que no es pequeña disculpa; abracé mi suerte, que a muchos parecía desgraciada, estéril, pobre; y en lo que hasta aquí ha salido a luz, se han desengañado buena parte dellos y mudado de parecer. Certifican personas de buen juicio que se ha hecho evidencia, no sólo ser sabrosa y de fruto la historia, que trata casos raros y empresas grandes, y todo eso que llaman hazañoso, sino también la que se humilla al yermo, al claustro, al silencio y al silicio, y a quanto tiene nombre de mortificación, que suena siempre tan mal a las orejas del mundo. Véese en esta historia trocado todo, y en vez de aquellas preñadas pláticas de los Consejeros de Estado, de los razonamientos de los Capitanes para disciplinar al ejército o animar los soldados a la batalla, de aquellas promesas de la vitoria o presagios de la suerte adversa, de las conjeturas de lo que pretende el enemigo, la loa del soldado valiente, la diligencia, destreza y ánimo del Capitán, los varios trances de la fortuna, la alegría del buen suceso, la riqueza del despojo y de la presa, el número de los muertos y cautivos, los premios de los que, como esforzados, escalaron primero el muro o derribaron las banderas enemigas, y otros cien particulares con que se enriquecen las historias profanas; en vez, digo, de todo esto, entran las amonestaciones santas, los consejos de una celestial prudencia, donde se descubre la sutileza y el ingenio de nuestro mortal enemigo; la perseverancia en el ejercicio santo, la fortaleza en el rigor de la penitencia, el fruto de la oración continua, la sumisión del cuerpo, el desprecio de sí mismo, el desengaño de las cosas visibles, la vitoria contra nuestras pasiones, la lucha porfiada contra nuestros apetitos; la esperanza del premio, y tal premio, los anuncios de la salud del alma, los recatos, aun en el estado más seguro; el celo de la cerimonia, aunque sea pequeña, porque no se toque al muro de lo esencial; las prevenciones antes de llegar a las cosas sagradas; apoyar lo que se desmorona del rigor primero y esforzar lo que parece va enflaqueciendo en la virtud; muertes venturosas, suficientes para encender en santa invidia los más tibios; castigos rigurosos a culpas casi sin nombre, mejores para labrar coronas que para enmienda de los delincuentes, y otro alarde de cosas semejantes, menudencias para los ojos del siglo y de tanta estima en los de Dios, que no las remunera menos de con un reino eterno.