Es quizá el escritor más conciso de nuestra literatura. Su laconismo es casi siempre de admirar; lo profesaba como una de las principales reglas de su estilo: lo bueno, si breve, dos veces bueno; más obran quintas esencias que fárragos; por esto sus obras brillan principalmente en la abundancia de máximas morales, animadas por un espíritu de profunda observación. Pero cayó en las exageraciones de todos los conceptistas, mirando como única fuente de belleza el concepto agudo, variado de mil artificiosas maneras: «Son los conceptos, escribía, vida del estilo, espíritu del decir, y tanto tienen de perfección cuanto de sutileza. Hase de procurar que las proposiciones hermoseen el estilo, los misterios le hagan preñado, las alusiones disimulado, los empeños picante, las ironías le den sal, las crisis hiel, las paranomasias donaire, las sentencias gravedad, las semejanzas lo fecunden y las paridades lo realcen; pero todo esto con un grano de acierto: que todo lo sazona la cordura.» Esta le faltó a menudo, haciéndole caer en los extremos del ingenio y dando a su expresión oscuridad enigmática.

Lo mismo que Quevedo, maneja el lenguaje con gran libertad, empleando compuestos y derivados nuevos, y en sus obras se hallarán palabras desusadas en el siglo XVI, principalmente abstractas, que los culteranos y conceptistas introducían entonces en la lengua para la expresión desembarazada de pensamientos generales. Como ejemplo pueden recordarse: reagudo ‘el que se pasa de listo’, conrey, conreynar ‘conregnare’, improporción, incomprensibilidad, exorbitancia, desautorizado, integérrimo, etc.

EL DISCRETO

NO ESTAR SIEMPRE DE BURLAS. SÁTIRA.

Es muy seria la prudencia, y la gravedad concilia veneración de dos extremos; más seguro es el genio majestuoso. El que siempre está de burlas nunca es hombre de veras, y hay algunos que siempre lo están, tiénenlo por ventaja de discreción y le afectan; que no hay monstruosidad sin padrino; pero no hay mayor desaire que el continuo donaire. Su rato han de tener las burlas; todos los demás las veras. El mismo nombre de sales está avisando cómo se han de usar. Hase de hacer distinción de tiempos, y mucho más de personas. El burlarse con otro es tratarle de inferior, y a lo más, de igual, pues se le aja el decoro y se le niega la veneración.

Estos tales nunca se sabe cuándo hablan de veras, y así los igualamos con los mentirosos, no dándoles crédito a los unos por recelo de mentira, y a los otros de burla. Nunca hablan en juicio, que es tanto como no tenerle, y más culpable, porque no usar de él por no querer, más es que por no poder, y así no se diferencia de los faltos sino en ser voluntarios, que es doblada monstruosidad. Obra en ellos la liviandad lo que en los otros el defecto; un mismo ejercicio tienen, que es entretener y hacer reír, unos de propósito, otros sin él.

Otro género hay aún más enfadoso por lo que tiene de perjudicial, y es de aquellos que en todo tiempo y con todos están de fisga. Aborrecibles monstruos, de quienes huyen todos más que del bruto de Esopo, que cortejaba a coces y lisonjeaba a bocados. Entre fisga y gracia van glosando la conversación, y lo que ellos tienen por punto de galantería es un verdadero desprecio de lo que los otros dicen, y no sólo no es graciosidad, sino una aborrecible frialdad. Lo que ellos presumen de gracia es un prodigioso enfado de los que tercian. Poco a poco se van empeñando hasta ser murmuradores cara a cara. Por decir una gracia os dirán un convicio, y éstos son de quien Cicerón abominaba, que por decir un dicho pierden un amigo o lo entibian; ganan fama de decidores y pierden el crédito de prudentes. Pásase el gusto del chiste y queda la pena del arrepentimiento: lloran por lo que hicieron reír. Estos no se ahorran, ni con el más amigo ni con el más compuesto, y es notable que jamás se les ofrece la prontitud en favor, sino en sátira; tienen siniestro el ingenio.

Este, con otros defectos infelices, nace de poca sustancia y acompaña la liviandad. En hombres de gran puesto se censuran más, y, aunque los hace en algún modo gratos al vulgo por la llaneza, pone a peligro el decoro con la felicidad; que como ellos no la guardan a los otros, ocasionan el recíproco atrevimiento.

Es connatural en algunos el donoso genio. Dotóles de esta gracia la naturaleza, y si con la cordura se templase, sería prenda, y no defecto. Un grano de donosidad es plausible realce en el más autorizado; pero dejarse vencer de la inclinación en todo tiempo es venir a parar en hombre de dar gusto por oficio, sazonador de dichos y aparejador de la risa; si en una cómica novela se condena por impropiedad el introducirse siempre chanceando a Davo, y que entre lo grave de la enseñanza o lo serio de la reprensión del padre al hijo mezcle él su gracejo, ¿qué será, sin ser Davo, en una grave conversación estar chanceando? Será hacer farsa con risa de sí mismo.

Hay algunos que, aunque le pese a Minerva, afectan la graciosidad, y como en ellos es postiza, ocasiona antes enfado que gusto, y si consiguen el hacer reír, más es fisga de su frialdad que agrado de su donaire. Siempre la afectación fué enfadosa, pero en el gracejo, intolerable, porque sumamente enfada, y queriendo hacer reír, queda ella por ridícula, y si comúnmente viven desacreditados los graciosos, ¿cuánto más los afectados, pues con su frialdad doblan el precio?