Hay donosos y hay burlescos, que es mucha la diferencia. El varón discreto juega también en esta pieza del donaire, no la afecta, y esto en su sazón; déjase caer como al descuido un grano de esta sal, que se estimó más que una perla, raras veces, haciéndole salva a la cordura y pidiéndole al decoro la venia. Mucho vale una gracia en su ocasión. Suele ser el atajo del desempeño. Sazonó esta sal muchos desaires. Cosas hay que se han de tomar de burlas, y tal vez las que el otro más de veras. Único arbitrio de cordura, hacen juego del más encendido fuego.

Pesado es el extremo de los muy serios, y poco plausible Catón con su bando, pero venerado; rígida será la de los compuestos y cuerdos; pocos la siguen, muchos la reverencian, y aunque causa la gravedad pesadumbre, pero no desprecio.

Que es de ver uno de estos destemplados de agudeza, siniestros de ingenio, chancear aún en la misma muerte; que si los sabios mueren como cisnes, éstos como grajos, gracejando mal y porfiando. De esta suerte un Carvajal mostró cuán rematada había sido su vida.

Los hombres cuerdos y prudentes siempre hicieron muy poca merced a las gracias, y una sola bastaba para perder la real del Católico prudente. Súfrense mejor unos a otros los necios, o porque no advierten o porque se semejan. Mas el varón prudente no puede violentarse, si no es que tercie la dependencia.

EL CRITICÓN

PARTE I, CRISI VI

Visitando Critilo y Andrenio el mundo, buscan en vano, como Diógenes, algún hombre. Sátira de la que abandonan toda aspiración práctica por entregarse a ilusiones exageradas y vanas.

En busca iban de los hombres, sin poder descubrir uno, cuando al cabo de rato y cansancio toparon con medio, un medio hombre y medio fiera; holgóse tanto Critilo cuanto se inmutó Andrenio, preguntando: «¿Qué monstruo es éste tan extraño?»—«No temas, respondió Critilo, que éste es más hombre que los mismos, éste es el maestro de los reyes y el rey de los maestros, éste es el sabio Quirón. ¡Oh, qué bien nos viene y cuán a la ocasión! Pues él nos guiará en esta primera entrada del mundo, y nos enseñará a vivir, que importa mucho a los principios.» Fuése para él saludándole, y correspondió el Centauro con doblada humanidad; díjole como iban en busca de los hombres, y que después de haber dado cien vueltas, no habían podido hallar uno tan sólo».—«No me espanto, dijo él, que no es éste siglo de hombres, digo, aquellos famosos de otros tiempos. ¿Qué, pensabais hallar ahora un don Alonso el Magnánimo, en Italia; un Gran Capitán, en España; un Enrico IV, en Francia, haciendo corona de su espada y de sus guarniciones lises? Ya no hay tales héroes en el mundo, ni aun memoria dellos.»—«¿No se van haciendo?», replicó Andrenio.—«No llevan traza, y para luego es tarde; pues de verdad que ocasiones no han faltado.»—«¿Cómo no se han hecho, preguntó Critilo?»—«Porque se han deshecho; hay mucho que decir en ese punto, ponderó el Quirón; unos lo quieren ser todo, y al cabo son menos que nada; valiera más no hubieran sido. Dicen también que corta mucho la envidia con las tijerillas de Tomeras. Pero yo digo que ni es eso ni esotro, sino que mientras el vicio prevalezca, no campeará la virtud, y sin ella no puede haber grandeza heroica. Creedme que esta Venus tiene arrinconadas a Belona y a Minerva en todas partes, y no trata ella sino con viles herreros, que todo lo tiznan y todo lo yerran. Al fin no nos cansemos, que él no es siglo de hombres eminentes, ni en las armas, ni en las letras. Pero decidme, ¿dónde los habéis buscado?» Y Critilo: «¿dónde los habemos de buscar sino en la tierra? ¿No es ésta su patria y su centro?»—«Qué bueno es eso, dijo el Centauro; ¡mirá cómo los habíais de hallar! No los habéis de buscar ya en todo el mundo, que ya han mudado de hito; nunca está quieto el hombre, con nada se contenta.»—«Pues menos los hallaremos en el cielo», dijo Andrenio.—«Menos, que no están ya ni en cielo ni en tierra.»—«Pues ¿dónde los habemos de buscar?»—«Dónde? En el aire.»—«¿En el aire?»—«Sí, que allí se han fabricado castillos en el aire, torres de viento donde están muy encastillados, sin querer salir de su quimera.»—«Según eso, dijo Critilo, todas sus torres vendrán a ser de confusión, y por no ser Ianos de prudencia, les picarán las cigüeñas manuales, señalándolos con el dedo, y diciendo: ¿éste no es aquel hijo de aquel otro? De suerte que con lo que ellos echaron a las espaldas los demás les darán en el rostro.»—«Otros muchos, prosiguió el Quirón, se han subido a las nubes, y aun hay quien, no levantándose del polvo, pretende tocar con la cabeza en las estrellas. Paséanse no pocos por los espacios imaginarios, camaranchones de su presunción. Pero la mayor parte hallaréis acullá sobre el cuerno de la luna, y aun pretenden subir más alto, si pudieran.»—«Tiene razón, voceó Andrenio, acullá están, allá los veo, y aun allí andan empinándose, tropezando unos y cayendo otros, según las mudanzas suyas y de aquel planeta, que ya les hace una cara y ya otra, y aun ellos también no cesan entre sí de armarse zancadillas, cayendo todos con más daño que escarmiento.»—«¡Hay tal locura!, repetía Critilo. ¿No es la tierra su lugar propio del hombre, su principio y su fin? ¿No les fuera mejor conservarse en este medio, y no querer encaramarse con tan evidente riesgo? ¿Hay tal disparate?»—«Sí, lo es grande, dijo el semihombre, materia de harta lástima para unos y de risa para otro, ver que el que ayer no se levantaba de la tierra ya le parece poco un palacio, ya habla sobre el hombro el que ayer llevaba la carga en él; el que nació entre las malvas pide los artesones de cedro; el desconocido de todos hoy desconoce a todos; el hijo tiene el puntillo de los muchos que dió su padre; el que ayer no tenía para pasteles asquea el faisán; blasona de linajes el de conocido solar, el vos es señoría; todos pretenden subir y ponerse sobre los cuernos de la luna, más peligrosos que los de un toro, pues estando fuera de su lugar, es forzoso dar abajo con ejemplar infamia.»


D. FRANCISCO MANUEL DE MELO
(1611-1667)