Granada es el tipo acabado de la lengua oratoria del siglo XVI; el espíritu popular de la predicación cristiana aparece en él unido a las más altas cualidades artísticas de la persuasión; por la amplitud del período recuerda a Cicerón, en quien se inspiraba; alguno le llamó el Cicerón de España. Su principal empeño en el terreno del arte parece haber sido enriquecer la construcción sintáctica sacándola de la sencillez ordinaria de la conversación a la complejidad y magnificencia del discurso elevado. En su obra latina Retórica eclesiástica, código de sus principios artísticos, se desentiende de la que allí se llama composición sencilla o simple, diciendo que «no está sujeta a la ley de los números ni tiene períodos muy largos, y della usamos nosotros en el trato familiar»; en cambio, estudia con prolijidad la composición doble que «usa de oraciones torcidas y largas»; a menudo deja traslucir su predilección por las más complicadas construcciones, así que dice de una de sus clases: «Cuanto más larga, tanto es más elegante, con tal, empero, que guarde tasa en esta extensión.»

Es preciso notar en su período largo que ni suele serlo en exceso, como el de algunos oradores de hoy día, ni tiene ordinariamente la redondez del silogismo, sino que fluye más bien por la simple adición de miembros; y se muestra la inexperiencia del que por primera vez intenta una reforma, en que esa adición está, las más veces, hecha con conjunciones meramente copulativas, y sobre todo por medio del relativo el cual (comp., [página 89], [nota 172]), que aparece, no sólo usurpando casi completamente el puesto de su sinónimo que, sino que se usa mucho cuando para nada haría falta ligar dos miembros con los lazos de relativo y antecedente, y sería menos pesado, por ejemplo, enlazarlos por la simple copulativa y un demostrativo: Los santos mártires, siendo vencidos y muertos, vencieron y triunfaron del mundo; lo cual muestra (y esto muéstralo) una carta del Emperador Maximino, el cual (quien) después de haber intentado, etc. (Símbolo II.º, 13.º, § 3). Esto nos declaran los cuatro postreros capítulos del libro de Job, en los cuales (donde) hablando Dios con este santo, le da conocimiento de su omnipotencia...; para lo cual (para ello) comenzando por las partes mayores del universo... discurre luego por todas las otras menores...; después de lo cual (y después) desciende a tratar de los animales (Símbolo I.º, 1.º).

En los trozos que siguen se pueden ver muestras de los principales aspectos del estilo de Fray Luis: el tono grandilocuente e inflamado de la Meditación sobre el Juicio final; el tono retórico y declamador empleado en la consideración del Descendimiento, que no parece que la escribió, sino que la habla desde el púlpito, y la placidez risueña y candorosa con que se deleita en la pintura de animales y plantas en la primera parte del Símbolo de la Fe.

LIBRO DE LA ORACIÓN Y MEDITACIÓN

La meditación para el jueves en la noche es sobre el Juicio final.—Señales que le precederán; confusión del pecador ante el Juez.

Así estará el aire lleno de relámpagos y torbellinos, y cometas encendidos. La tierra estará llena de aberturas y temblores espantosos, los cuales se cree que serán tan grandes, que bastarán para derribar, no sólo las casas fuertes y las torres soberbias, más aun hasta los montes y peñas arrancarán y trasformarán de sus lugares. Mas la mar sobre todos los elementos se embravescerá, y serán tan altas sus olas y tan furiosas, que parecerá que han de cubrir toda la tierra. A los vecinos espantará con sus crescientes, y a los distantes con sus bramidos, los cuales serán tales que de muchas leguas se oirán.

¿Cuáles andarán entonces los hombres[278], cuán atónitos, cuán confusos, cuán perdido el sentido, la habla[279] y el gusto de todas las cosas? Dice el Salvador que se verán entonces las gentes en grande aprieto y que andarán los hombres secos y ahilados[280] de muerte, por el temor grande de las cosas que han de sobrevenir al mundo. ¿Qué es esto (dirán), qué significan estos pronósticos, en qué ha de venir a parar esta preñez del mundo, en qué han de parar estos tan grandes remolinos y mudanzas de todas las cosas? Pues así andarán los hombres espantados y desmayados, caídas las alas del corazón y los brazos, mirándose los unos a los otros; y espantarse han tanto de verse tan desfigurados, que esto sólo bastaría para hacerlos desmayar, aunque no hubiese más que temer. Cesarán todos los oficios y granjerías, y con ellos el estudio y la cobdicia de adquirir; porque la grandeza del temor traerá tan ocupados sus corazones, que no sólo se olvidarán destas cosas, sino también del comer y del beber, y de todo lo necesario para la vida. Todo el cuidado será andar a buscar lugares seguros para defenderse de los temblores de la tierra, y de las tempestades del aire, y de las crescientes de la mar. Y así los hombres se irán a meter en las cuevas de las fieras, y las fieras se vendrán a guarecer en las casas de los hombres, y así todas las cosas andarán revueltas y llenas de confusión. Afligirlos han los males presentes, y mucho más el temor de los venideros; porque no sabrán en qué fines hayan de parar tan dolorosos principios. Faltan palabras para encarescer este negocio, y todo lo que se dice es menos de lo que será. Vemos agora que cuando en la mar se levanta alguna brava tormenta, o cuando en la tierra sobreviene algún grande torbellino o terremoto, cuáles andan los hombres, cuán medrosos y cuán cortados, y cuán pobres de esfuerzo y de consejo; pues cuando entonces el cielo, y la tierra, y la mar, y el aire del mundo haya su propia tormenta; cuando el sol amenace con luto, y la luna con sangre, y las estrellas con sus caídas, ¿quién comerá, quién dormirá, quién tendrá un solo punto de reposo en medio de tantas tormentas?...

El Señor vendrá como una tempestad y torbellino arrebatado[281]; y sus pies levantarán una grande polvareda delante de sí. Indignóse contra la mar, y secóse, y todos los ríos de la tierra se agotaron. El monte Basán y Carmelo se marchitaron, y la flor del Líbano se cayó. Los montes se estremecieron delante dél, y los collados quedaron asolados...

Luego comenzará a celebrarse el juicio, y tratarse de las causas de cada uno, según lo escribe el profeta Daniel por estas palabras: Estaba yo (dice él) atento, y vi poner unas sillas en sus lugares, y un anciano de días se asentó en una dellas; el cual estaba vestido de una vestidura blanca como la nieve, y sus cabellos eran también blancos, así como una lana limpia. El trono en que estaba asentado eran llamas de fuego, y las ruedas dél como fuego encendido, y un río de fuego muy arrebatado salía de la cara dél. Millares de millares entendían en servirle, y diez veces cien mil millares asistían delante dél. Miraba yo todo esto en aquella visión de la noche, y vi venir en las nubes uno que parescía hijo de hombre. Hasta aquí son palabras de Daniel; a las cuales añade Sant Joan, y dice: Y vi todos los muertos, así grandes como pequeños, estar delante deste trono y fueron abiertos allí los libros; y otro libro se abrió, que es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos según lo contenido en aquellos libros, y según sus obras. Cata aquí, hermano, el arancel por donde has de ser juzgado; cata aquí las tasas y precios[282] por donde se ha de apreciar todo lo que heciste; y no por el juicio loco del mundo, que tiene el peso falso de Canaan en la mano, donde tan poco pesan la virtud y el vicio. En estos libros se escribe toda nuestra vida con tanto recaudo, que aun no has echado la palabra por la boca, cuando ya está apuntada y asentada en su registro...

Pues qué sentirá entonces cada uno de los malos, cuando entre Dios con él en este examen, y allá dentro de su consciencia le diga así: Ven acá, hombre malaventurado, ¿qué viste en mí, porque[283] así me despreciaste, y te pasaste al bando de mi enemigo? Yo te levanté del polvo de la tierra, y te crié a mi imagen y semejanza, y te di virtud y socorro con que pudieses alcanzar mi gloria. Mas tú, menospreciando los beneficios y mandamientos de vida que yo te di, quisiste más seguir la mentira del engañador, que el consejo saludable de tu Señor. Para librarte desta caída descendí del cielo a la tierra, donde padescí los mayores tormentos y deshonras que jamás se padescieron. Por ti ayuné, caminé, velé, trabajé y sudé gotas de sangre. Por ti sufrí persecuciones, azotes, blasfemias, escarnios, bofetadas, deshonras, tormentos y cruz. Por ti, finalmente, nascí en mucha pobreza, viví con muchos trabajos, y morí con gran dolor. Testigos son esta cruz y clavos que aquí parescen, testigos estas llagas de pies y manos que en mi cuerpo quedaron; testigos el cielo y la tierra delante de quien padescí, y testigos el sol y la luna que en aquella hora se eclipsaron. Pues ¿qué heciste desa ánima tuya, que yo con mi sangre hice mía? ¿En cúyo[284] servicio empleaste lo que yo compré tan caramente? ¡Oh generación loca y adúltera! ¿Por qué quisiste más servir a ese enemigo tuyo con trabajo, que a mí, tu Criador y Redemptor, con alegría? Espantáos, cielos, sobre este caso, y vuestras puertas se cayan[285] de espanto, porque dos males ha hecho mi pueblo: a mí desampararon[286], que soy fuente de agua viva, y desamparáronme por otro Barrabás. Llaméos tantas veces, y no me respondísteis; toqué a vuestras puertas, y no despertastes; extendí mis manos en la Cruz, y no las mirastes; menospreciastes mis consejos, y todas mis promesas y amenazas. Pues decid agora vosotros, ángeles; juzgad vosotros, jueces entre mí y mi viña: ¿qué más debí yo hacer por ella de lo que hice?