—Señor, es fuerza que la sangre corra
—dijo al león solícita la zorra—;
sin cesar el estúpido jumento
de ti murmura con furor violento.
—¡Bah! —respondió la generosa fiera—,
déjale que rebuzne cuanto quiera.
Pecho se necesita bien mezquino
para sentir injurias de pollino.
EL AVARO Y EL JORNALERO[4]
Todo su caudal guardaba