Neira se encojió de hombros; bien sabia él que al infeliz no le convenia ponérsele solo por delante; lo malo era que buscaria una cuadrilla para asaltarle. Pero en fin, ¿no tenia él en su silla un cuchillo que ya le habia servido muchas veces para defenderse?

Pasaron los dias. Neira no faltaba ninguno a su ronda del cerro y paso a paso regresaba al caer la tarde para llegar hasta la casa del administrador y decir que no habia novedad en el ganado.

Un dia fué al cerro con su hijo mayor, un muchachito de doce años, con grandes ojos negros, fiel retrato de su padre y fundada esperanza de los patrones de los Sauces. Llevaba al chico por delante de la silla y conversaba con él, mientras mas abajo, en el plan, la vieja Andrea, de cabeza sobre la ropa, la hacia levantar lavaza y blanquísima espuma de jabon, al restregarla entre sus manos.

Llegaba la tarde, y el sol poniente, sin rayos ya y convertido en un disco rojo, se hundia como un rei depuesto. Una desordenada orjia de colores inundaba el horizonte, y el resto del cielo era intensamente azul y limpio de nubes blancas.

¿Quién no ha visto los cerros chilenos cubiertos de boldos? Un faldeo gris, con manchas doradas de teatinas; algunos quiscos que se levantan como brazos armados; y los boldos del mas oscuro e intenso verde que parecen escalar el cerro como peregrinos haciendo penitencia.

En la plana superficie, ño Neira se habia desmontado para apretar la cincha de su mulato y echar una pitada al aire. El chico se habia puesto a andar en busca de algunos guillaves maduros... De repente, Neira creyó notar que un boldo se movia: tomó una piedra pequeña y la arrojó.

Un individuo se separó del árbol y comenzó a andar en su direccion silbando alegremente. Una mirada solo bastó para hacer comprender a Neira que estaba frente a una emboscada: el gañan que tenia por delante era el que lo habia «sentenciado», y no habia sido tan necio para ir solo a buscarlo al cerro. Con una mano se palpó la cintura, y al encontrarse allí su corvo de los dias de fiesta, sacó con la otra la tabaquera, y se puso a liar un cigarro.

—¿Estabas escondido? ¿ah?—preguntó burlonamente vaciando el tabaco en la hoja de maíz[{194-1}]...

—Esperándolo,[{194-2}] ño Neira.

—No vendrás solo, por supuesto—continuó el capataz—no sois vos[{194-3}] de los que pelean cara a cara.