—Eso... ¡quién sabe, iñor!—y el gañan avanzaba lentamente, como avanza un gato, arrastrándose casi.
—Bueno, párate un poco y déjame pitar este cigarro. Hai tiempo...
El peón se paró. O era admiracion o era miedo; pero el asesino quedó dudando.
Neira chupaba de prisa un cigarro, porque le debia quedar poco tiempo. El sol apenas asomaba ya un estremo de su disco rojo, que parecia mancha de sangre, y las sombras alargadas de los boldos duplicaban el número de peregrinos que escalaban el faldeo y parecian apurarse para que no les pillara la noche en tarea tan pesada.
El cigarro se concluia y Alegria se pasaba la mano por la cintura buscando algo.
—Tu—dijo Neira, tomando del brazo al chico—te pones detras de mí, y no te mueves. ¡Cuidado con llorar!...
Y una mirada lanzada abajo a la llanura lo hizo recordar a la vieja que probablemente colgaba en ese momento la ropa en el cordel...
Después puso la mano en la cacha de su corvo, enrolló con el otro brazo su poncho negro de Castilla y le dijo al gañan:
—¡No te espongas, Alegria! Llama a tus amigos. No ensucio mi corvo de los domingos en tí solo.
Un silbido sonó y Alegria volvió la cabeza para ver si estaban todos.[{195-1}] Cinco hombres caminaban subiendo a saltos, y buscándose los cuchillos en la cintura.