—Ño Neira, le ha llegao[{195-2}] su hora.
—Y la tuya tamien, cobarde...
Y de un salto todos estuvieron encima del capataz que se echó atras y levantó el brazo en que tenia envuelto su poncho.
En ese instante el crepúsculo invadia con su indeciso y vago resplandor las cosas todas haciendo ya difícil distinguir los objetos. Neira, con los ojos fruncidos para ver mejor, se colocó de un salto fuera de este círculo en que alevosamente le podian matar como un perro, pensando en defender su espalda y ese pedazo de su corazon que tras de ella se refujiaba llorando a gritos.
Alegria logra alcanzarle un brazo con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que otro de los bandidos le estrella el suyo en las costillas. Neira se contenta con defenderse barajando los golpes. De repente el viejo capataz se trasforma, es el soldado del Valdivia y el sarjento del Buin, las dos heridas le arden y lo irritan como a un toro bravo, y en vez de huir del círculo que lo quiere estrechar, salta adelante y hace silbar el aire con la mas fiera de las cuchilladas que ha dado brazo chileno.
Uno de los bandidos se desploma y cae, y la furia de los otros se duplica en medio de rujidos, amenazas e insultos. Neira es una fiera; tan pronto acomete como se defiende; ya la batalla es silenciosa y solo se siente el ronquido del que agoniza y el aliento jadeante y cortado de los que se acuchillan. Todos están tan juntos que cada cuchillada de ellos encuentra por delante la vigorosa carne de Neira, y todo avance del heróico capataz abre un vientre o rasga un pecho.
En el momento en que las sombras se hacen mas densas, surje de abajo del llano una voz que todos han oido con la cabeza descubierta... Es la campanilla del fundo que toca el «Angelus», y que el viento hace aparecer a ratos como un jemido y a ratos como una voz de mujer que llama.
Pero hai demasiada sangre para que al traves de ella se sienta y se mire.[{196-1}] Los cuchillos se chocan, el corvo entra cada vez hasta la empuñadura y la sangre corre cerro abajo en un delgado chorro que va rodeando las piedras y abriéndose paso al traves de las matas. Pero los bandidos están sintiendo ya el vigor de Neira, porque otro de ellos cae al suelo en fuerza de la sangre perdida, y el capataz no da muestras de cansancio.
El asedio aumenta, el capataz abraza a Alegria que ha errado un golpe y trata de estrangularlo con sus manos; pero al verlo indefenso los otros lo acribillan a puñaladas. Neira lanza un grito de angustia y cae al suelo abrazado con su enemigo. El combate ha llegado a un momento supremo y desesperado. Neira ya no es temible para los otros y todos sus esfuerzos se concretan a estrangular a Alegria que se retuerce desesperadamente en el suelo, mientras sus vigorosos dedos apretan[{197-1}] y apretan el pescuezo ensangrentado del traidor, y se sumen entre las secas fauces que todavia lanzan ronquidos de ira.
Los tres bandidos comprenden que aquello ha terminado y echan a correr. Neira salta del suelo, abandonando a su víctima, y quiere alcanzarlos y apuñalearlos por la espalda, pero siente que vacila como un ebrio y tambaleando vuelve donde su hijo, pálido y desencajado, no puede ya ni llorar.