—¡Asesinos!—alcanza a gritar.—¡Infames! ¡Cobardes!—y rueda por el suelo al lado de los tres cadáveres que no valen juntos lo que vale una gota de sangre de ese héroe.

Y la noche cae con toda su pavorosa, helada e inhospitalaria oscuridad.

Largo rato Neira respira fatigosamente y el chico, inclinado sobre él, calla lleno de estupor y de miedo. De repente el capataz se incorpora, se arrastra hasta un árbol y tomándose de él logra ponerse de pié.

—Trae el mulato—alcanza a decir.

El chico lleno de sangre también, aunque no herido, pálido como un cadáver, se acerca a tientas al mulato y vuelve con él paso a paso. Pero Neira ha vuelto a caer al suelo desfallecido y solo tiene fuerzas para quejarse.

—¿Está el caballo?—pregunta con voz apenas perceptible.

—Sí, taitita.

—Bueno.

Y de un nuevo esfuerzo Neira está de pié; tomando a su hijo lo coloca sobre el mulato que pacientemente tasca el freno. En seguida, reune todas sus fuerzas y poniendo un pié sobre el estribo logra montar dolorosamente no sin que se le escape un quejido de angustia y sufrimiento.

El caballo comienza a marchar. Neira siente abiertas todas las heridas y el calor de la sangre que corre a traves de su cuerpo y de su ropa. Pero no importa; el capataz quiere llegar solo a las casas del administrador y pronunciar las palabras sacramentales de todas las tardes: