—No hai novedad en el ganado.—Y despues agrega en voz baja al oido de su hijo:—Me llevarás a mi casita para morir tranquilo en mi cama, porque estoi mui cansado. Ahí está la cruz con que murió mi padre y también quiero yo que me la ponga la Andrea sobre el pecho.

Pero ya era tarde. Neira sintió un desvanecimiento y cayó al suelo como un tronco que se desploma. El mulato dió un brinco y arrancó furiosamente alameda abajo, mientras el chico, aferrado a la silla, creia llegado su último momento. El caballo detuvo su galope frente a la casa del administrador, donde casi todos los vivientes del fundo, alarmados por la larga demora de Neira, se aprovisionaban de luces para ir al cerro en su busca.

El chico fué tomado en brazos, interrogado, suplicado, pero solo podia leerse en sus ojos dilatados que habia ocurrido algo mui grave al capataz.

Y todos los vivientes, incluso la Andrea y el administrador, se pusieron en marcha, y gran parte de esa noche se sentian gritos de hombres y mujeres, que el eco respondia pavorosamente:

—¡Ño Neira! ¡ño Neira!

Y Neira veia a lo léjos las luces que le buscaban, como ánimas errantes que lo llamaban a sí. Su pecho latia como una caldera próxima a estallar, y sus labios convulsos y ensangrentados querían en vano responder: ¡aquí estoi! Pero la voz moria en la seca garganta y solo salian las palabras en secreto como si fuera una confesion.

Por fin las luces se acercaron, y el primero que llegó al lado de Neira fué don José, el administrador, que se inclinó paternalmente sobre el capataz sumido en un estenso charco de sangre y palpitando como una fiera cansada.

Neira reunió sus últimos esfuerzos, el último resto de su asombrosa vitalidad, y dijo con voz entera:

—No hai novedad.

Y fueron las últimas palabras del valeroso capataz de los Sauces. Siguiendo la línea de sangre que se veía en el camino dieron, casi a media noche, con los tres cadáveres de los bandidos, y ahí pudieron medir el heroismo de Juan Neira, el ex-soldado del Valdivia y ex-sarjento del Buin.