Las cabritas, que tenían su puerta muy bien atrancada, le respondieron desde adentro:

¡Ábrela, guapo!

Y como no pudo, se fué hecho un veneno, y prometiéndoles que se la[{85-2}] habían de pagar.

Á la mañana siguiente fué y se escondió, y oyó lo que la madre les dijo á las chivitas, que fué lo propio del día antes. Á la tarde se vino muy de quedito, y arremedando la voz de la cabra, se puso á decir:

¡Abrid, hijitas, abrid!
Que soy la madre que os parí.

Las chivitas, que creyeron que era su madre, fueron y abrieron la puerta; y vieron que era el mismísimo Carlanco en propia persona.

Echáronse á correr, y se subieron por una escalera de mano al sobrado y la tiraron tras sí; de manera que el Carlanco no pudo subir. Éste, enrabiado, cerró la puerta y se puso á dar vueltas por la estancia, pegando unos bufidos y dando unos resoplidos,[{86-1}] que á las pobres cabritas se les helaba la sangre en las venas.

Llegó en esto su madre que les dijo:

¡Abrid, hijitas, abrid!
Que soy la madre que os parí.

Ellas desde su sobrado le gritaron que no podían, porque estaba allí el Carlanco.