Entonces la cabrita soltó su carguita de leña, y como las cabras son tan ligeras, se puso más pronto que la luz en el convento de las avispas, y llamó—¿Quién es? preguntó la tornera.—Madre, soy una cabrita para servir á Vd.[{86-2}]—¿Una cabrita aquí, en este convento de avispas descalzas y recoletas? ¡Vaya! ni por pienso. Pasa tu camino, y Dios te ayude, dijo la tornera.—Llame Vd. á la Madre abadesa, que traigo prisa, dijo la cabrita; si no, voy por el abejaruco, que le vi al venir por acá.—La tornera se asustó con la amenaza, y avisó á la Madre abadesa, que vino, y la cabrita le contó lo que pasaba.—Voy á socorrerte, cabrita de buen corazón, le dijo, vamos á tu casa.
Cuando llegaron, se coló la avispa por el agujero de la llave, y se puso á picar al Carlanco, ya en los ojos, ya en las narices, de manera que lo desatentó, y echó á correr que echaba incendios;[{86-3}] y yo
| Pasé por la cabreriza, |
| Y allí me dieron dos quesos, |
| Uno para mí, y el otro |
| Para el que escuchare aquesto.[{86-4}] |
III
Apenas concluía la contadora su cuento, cuando entró el guarda, que sin decir palabra, se acercó á ellas, puso su escopeta á su lado, se apoyó en el pilar del pozo, y se puso á picar un cigarro. Varmen se sintió desconcertada y fatigosa con la presencia de aquel hombre que la repelía, y tuvo deseos de alejarse. Pero por un lado no tenía pretexto para hacerlo, sin faltar á esa urbanidad innata, pasada á deber[{87-1}] y á costumbre en el pueblo; y por otro, le urgía concluir lo que estaba haciendo.
Al cabo de un rato, y como para entrar en conversación, llamó el guarda á Mariquita; pero ésta, en lugar de acudir, se refugió al lado de su hermana, y se abrazó á sus faldas, en cuyos pliegues desapareció su diminuta persona, sin que de ella se percibiese más que su carita,[{87-2}] que miraba con ceño y desconfianza al que la había llamado.
—¡Esquiva! dijo el guarda; ¡eso es de casta!
Varmen permaneció callada.
—Oiga Vd., prosiguió su interlocutor: no es de ahora que noto yo que me huye Vd. la cara.