como corcel indómito el desorden

no respete ni látigo ni valla.

XXII

¿Quién podrá detenerle en su carrera?

¿Quién templar los impulsos de la fiera

y loca multitud enardecida,

que principia a dudar y ya no espera

hallar en otra luminosa esfera,

bálsamo a los dolores de esta vida?

XXIII