volaba a las alturas,

virgen sin mancha, mi oración de niño.

Su rauda, viva y luminosa huella

como fugaz centella

traspasaba el espacio, y ante el puro

resplandor de sus alas de querube,

rasgábase la nube

que me ocultaba el inmortal seguro.

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!

¡Oh perdurable gloria!