Voy espantado sin saber por dónde;

grito, y nadie responde

a mi angustiada voz; alzo los ojos

y a penetrar la lobreguez no alcanzo;

medrosamente avanzo,

y me hieren el alma los abrojos.

Hijo del siglo, en vano me resisto

a su impiedad, ¡oh Cristo!

Su grandeza satánica me oprime.

Siglo de maravillas y de asombros,