El recuerdo doliente del bien perdido.

Sin él, ¿qué es la grandeza, qué es el tesoro

De la tierra y el viento y el mar sonoro?


Ya lo ves: las canciones que te consagro,

En mi mente han nacido por un milagro.

Nada en ellas es mío, todo es don tuyo:

Por eso a ti, de hinojos, las restituyo.

¡Pobres hojas caídas de la arboleda,

Sin su verdor el alma desnuda queda!