¡Y aquel mágico acento

Enmudeció por siempre, que llenaba

De inefable dulzura el alma mía!

Y ¡qué! fortuna impía,

¿Ni su postrer adiós oír me dejas?

¿Ni de su esposo amado

Templar el llanto y las amargas quejas?

¿Ni el estéril consuelo

De acompañar hasta el sepulcro helado

Sus pálidos despojos?