Dechado de amistad! ¡Oh alegre día!

¿Y en dónde estás, en dónde,

Ángel consolador, Duquesa amada,

Que no te mueve ya la angustia mía?

¡Gran Dios, y ni responde

De su esposo infeliz al caro acento,

Aunque en la tumba helada

Lágrimas de dolor vierte a raudales!

¡Ni de su triste huérfana el lamento,

Con ambos brazos al sepulcro asida,