Mas ¡ay del ruiseñor que, en aire ajeno,

Por atmósfera extraña sofocado,

Sobre extraña región cayó en el cieno!

¡Ay del vate infeliz que, amortajado

Con su negro ropón de peregrino,

Yace en su propia tumba desterrado!

Yo, al encontrar su cruz en mi camino,

Como engendra el dolor supersticiones,

Llamé tres veces al cantor divino.

Y de su lira desperté los sones,