De su eterna y espléndida armonía;

Tanto, que el hombre, en su placer o duelo

Tu canto elija para hablar al cielo.

Los ecos de la cándida alborada,

Que al mundo anima en blando movimiento,

Te demuestren del alma enamorada

El dulce anhelo y el primer acento;

El rumor de la noche sosegada,

La noble gravedad del pensamiento;

Y las quejas del ábrego sombrío