La ronca voz del corazón impío.

Y el gran torrente que, con pena tanta,

Por las quiebras del hondo precipicio,

Rugiendo de amargura, se quebranta,

Deje en tu alma verdadero indicio

De la virtud, que gime y se abrillanta

En las quiebras del rudo sacrificio,

Y en tu canto resuenen juntamente

El bien futuro y el dolor presente.

Y en las férvidas olas impelidas